lunes, 6 de octubre de 2014

Resplandor del evento. Califato Islámico y fin de la historia








Resplandor del evento
Califato Islámico y fin de la historia


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

El Ser se ha desvelado y, lo que era oculto para el hombre, se ha instalado en el seno de su mundo. El 30 de setiembre de 2014 el diario turco Aydinik Daily anunció al mundo del hombre la existencia oficial de un Estado, de un Estado nuevo, de una nueva monarquía religiosa. El régimen de Recep Tayyip Erdogan, cuya sede es Ankara, ha permitido la apertura de un Consulado oficial para la concesión de visados para aquellos hombres de fe en el Islam de toda la Tierra que deseen integrarse a la guerra santa contra Estados Unidos y sus colonias. Ese Consulado significa el reconocimiento oficial como un Estado de algo que la prensa occidental denomina hasta ahora, de manera preferente y obsesiva, grupo de “terroristas”, los terroristas del “EI” (Estado Islámico). Y es que el Estado Islámico es un país, no es una asociación terrorista, y admitirlo exige, como se comprende fácilmente, incorporar a este Estado en el marco de derechos que rigen las relaciones internacionales. Los “terroristas” no tienen derechos; los Estados sí los tienen. No los que dictan las Naciones Unidas, un anexo execrable de los Estados Unidos, sino los derechos que se ha reconocido siempre para los vínculos entre los Estados y que se rigen por el sentido común. Y lejos de ser esto cualquier cosa irrelevante es, posiblemente, uno de los signos de los tiempos más significativos para el hermeneuta, que ve claramente una manifestación explícita como pocas del fin del mundo que los Estados Unidos representan para la existencia humana. Es decir, del fin del mundo del liberalismo y los ideales e instituciones que, sin freno, desde 1789 en adelante, van camino de la destrucción de la Tierra entera.


Para el filósofo hermeneuta, el reconocimiento del Estado Islámico como un país, con los derechos que con ello se instalan, es un “resplandor”, esto es, un indicio, el anuncio de un mensaje que estremece la conciencia humana. Es lo que en la filosofía de Martin Heidegger o su interpretación posterior se denomina un “evento apropiador”. Un suceso, un acontecimiento cuya mera presencia en el mundo histórico implica su transformación y que, llegado a oídas del hombre, lo estremece de los sentimientos propios del espanto ante lo nuevo e ininterpretable. Como ha dicho alguna vez Mao Tse Tung, “la revolución no es una invitación a cenar”. Y aunque el Estado Islámico realiza acciones lamentables y tremendas para la sensibilidad humana, que la moral no puede soportar, los Estados Unidos están lejos de proceder de manera diversa. Pero a los Estados Unidos los comprendemos: contamos con los medios filosóficos y sociales para entender, esto es, transformar en argumentos, sus iniciativas de violencia y crueldad a lo largo del mundo humano. Al nuevo Estado Islámico no lo comprendemos en ese sentido, pero tenemos los medios filosóficos y sociales para entender por qué lo incomprensible de su conducta juzgada moralmente ha adquirido el derecho de abrirse como un espacio de sentido que es sin duda muy diferente del que se da en el mundo Occidental. Esta diferencia es el motivo de nuestra reflexión desde el punto de vista amplio de la hermenéutica, que es así también el de la filosofía.

Veamos primero el significado de este evento apropiador desde el punto de vista del hombre. Cualquier observador que haga un esfuerzo por ser imparcial reconoce que el Estado Islámico no es una banda terrorista. No es una comandita de asesinos. En realidad se trata de un régimen monárquico de constitución religiosa, que se considera a sí mismo un “Califato” y que ejerce dominación política (y no simple terror) ante millones de súbditos. No se disputa con los islámicos si la denominación del monarca como “califa” sea o no legítima, pues se trata de una cuestión histórico-jurídica que corresponde a la tradición del Islam que escapa no sólo a nuestra capacidad, sino a nuestro interés.

El Califato tiene un soberano visible: su fotografía es disponible por internet; el régimen goza de un gobierno, con una organización determinada para sus jerarquías y responsabilidades, lo que también puede comprobarse hurgando en internet simplemente; la monarquía extiende su dominio en un territorio, que no es nada desdeñable y que, con certeza, es mayor que el del Principado de Andorra o el Gran Ducado del Luxemburgo; dentro de su dominio se ejerce el Derecho y la Justicia, pues hay códigos y jueces, aunque sea en términos islámicos y no liberales, pero esto ocurre también en otras monarquías islámicas de la zona, aliadas ahora de los Estados Unidos, como es en los reinos de Qatar, Omán o Arabia Saudita. En suma, es un dato fáctico que en el Califato se ejercen actividades humanas con  instituciones políticas y civiles, que se guían por reglas no arbitrarias, que allí donde se habla de “derechos” para perros y gatos, se rinde en cambio culto a Dios de manera ordenada y donde, por si esto no fuera suficiente, aunque nunca se lo mencione, el comercio, la educación y la cultura florecen normalmente. Es inexplicable cómo se llama a algo como lo que se ha descrito un grupo “terrorista”, pero esto, que es en realidad un  juego de palabras para idiotizar a una opinión pública que resulta ser esencialmente idiota, es algo tan frecuente cuando el mundo occidental se refiere a sus adversarios, que nada debía sorprender. Todo enemigo de Estados Unidos es calificado de “terrorista”, incluso cuando su único crimen es existir.

El Califato, a diferencia de los reinos sunitas que lo circundan, fomenta y lleva a la práctica la guerra santa, que es en realidad una guerra contra los Estados Unidos. Desde el punto de vista humano, esto es justificable y no en absoluto un producto del azar. Se explica por la obstinada política de los Estados Unidos y la OTAN en los últimos 20 años en controlar el mundo, en particular el islámico, un mundo que es el mundo del Califa, pero que no le es propio en absoluto a los Estados Unidos y que, además, no le significa ninguna amenaza objetiva. Los misiles nucleares de Estados Unidos pueden devastar la Tierra. Las armas de los musulmanes en guerra santa, si son exitosas, apenas van a llegar a los límites con Turquía e Irán. La primera víctima de Estados Unidos fue el Emirato de Afganistán, invadido en el año 2002. Estados Unidos ha transformado a ese reino, después de casi tres lustros de sangrienta ocupación militar, en una pestilente república corrupta, sumida en el caos del odio tribal y sin cuya presencia armada volvería, como es evidente, a manos del Emir, que aún vive en el exilio. Es admirable, humanamente, cómo el pueblo de Afganistán, como el de otras naciones oprimidas por Estados Unidos, tiene la virtud de hacer algo que sus ocupantes, el país más poderoso de la Tierra, no tienen: paciencia histórica. Tarde o temprano el Emir volverá y la Coca-Cola regresará a la refrigeradora de la que nunca debería haber salido. La segunda víctima fue Irak, la antigua Mesopotamia; ésta era una desarmada república nacionalista multicultural y pacífica hasta que en 2003, ellos, los Estados Unidos y la OTAN, la transformaron en otra corrupta democracia liberal, alfombrada de cientos de miles de muertos y una multitud incontable de refugiados. Pero el punto de vista humano no nos interesa. Es demasiado republicano, demasiado dialogante, demasiado decente para ser el punto de vista del filósofo hermeneuta.


Veamos ahora el punto de vista filosófico del asunto, el evento de ésta, la verdadera, única y auténtica “primavera árabe”. El hombre común de las sociedades liberales se sorprende de la exacerbación de actos de violencia que indudablemente acompañan a todo episodio político que no es “una invitación a cenar”. En gran medida esto se debe al carácter moral que la persona de la calle del mundo liberal le atribuye a la violencia, que es negativo; aunque hay filósofos en esta tradición que la han defendido como intrínsecamente buena, no se recuerda que lo haya sido en un sentido moral, sino ontológico; en estos casos, tampoco ha sido la violencia por la mera violencia, sino en tanto principio de las instituciones políticas. Fuera de su consideración como procedencia ontológica de un mundo civil, la violencia en sí misma es siempre indeseable. Su extremo hermenéutico es, en la muerte del enemigo, también la propia muerte. La violencia no es, pues, del deseo del hombre. Pero puede serlo de su interés; no de su interés personal, sino de su interés histórico. Y justamente un filósofo que une el interés en los acontecimientos políticos con el despliegue social de la violencia es Inmanuel Kant, uno de los más decisivos pensadores a quienes se debe el mundo liberal mismo que se espanta de la violencia que implica el nacimiento del reino del Califa y de la guerra santa islámica.

Y es que si Estados Unidos ha usado y usa históricamente de la violencia para sostener su hegemonía, es porque le subtiende un horizonte metafísico que justifica ese proceder. Cuando los Estados Unidos, la potencia nuclear más grande y rica de la Tierra, utiliza su poder militar contra países indefensos que no podrían ni arrojarle una piedra, es porque hay un esquema conceptual que califica esa violencia como una invitación a cenar en la que el atacado ha rechazado previamente su asiento.

En los textos de Inmanuel Kant relativos a la Ilustración, pero más en particular a sus consecuencias sociales, incluida entre ellas la Revolución Francesa, consideraba que los actos de violencia política estaban indisolublemente ligados a una consideración que estaba inspirada por el interés con la historia. Dependían de un punto de vista relativo al camino de la historia, lo que él denominaba “un hilo conductor”, esto es, un sentido legitimador. Lo que importa aquí es esta noción del vínculo del hombre con los eventos históricos en términos de interés. Kant consideraba que los actos sangrientos de la Revolución Francesa no podían ser condenados, a pesar de que no se le escapaba que, considerados moralmente, eran atrocidades; a Kant le resultaba obvio que esos crímenes atroces no podían ser tomados como meros delitos, que podían servir para encauzar a los perdedores, como es frecuente desde la Segunda Guerra Mundial y la invención de los “Derechos Humanos” para justificar el ajusticiamiento de los jerarcas nazis contra la lógica del Derecho Internacional vigente en la época de su invención. Hoy los ideólogos del pacifismo encubren con su palabrería una crueldad de la que ellos mismos no dudan en llevar a cabo, suprimiendo (en las palabras) de la idea de la política la posibilidad de que en su interés se halle la muerte. Kant pensaba, contra sus sucesores pacifistas, que los crímenes revolucionarios sí estaban justificados si tenían un objetivo que fuera de interés político, pues separaba ese interés de la consideración moral. Pero ese interés político no era arbitrario: estaba justificado en el punto de vista correcto, “el hilo conductor” del sentido de la historia.
Kant pensó seriamente, lo cual es increíble para quien esto escribe, que el interés que veía con una sonrisa cada lista nueva de asesinatos en la guillotina estaba relacionado con la esencia humana; la sonrisa de Kant ante la sangre de los inocentes era la sonrisa de la humanidad. Es posible que los nazis que sonrieran ante la lista de nuevos judíos ejecutados en cámaras de gas fuera muy parecida, aunque hay que admitir que su mueca de gozo nietzscheana debía ser más alegre que la del amargado liberal de Kant, que era una persona resentida y odiosa. Cuando en 2012 Osama ben Laden fue asesinado brutalmente por un comando de los Estados Unidos, sin juicio previo que se sepa, Barack Obama, y algo de humanidad liberal dentro de él, llevó consigo un largo suspiro de felicidad muy parecido.

El punto de vista del interés es histórico, lo cual puede hacer sospechar que es relativo; pero ésa no era en absoluto la idea de Kant, que pensaba que había un punto de vista que era cualitativamente superior a los demás, y que ese punto de vista estaba ligado con la Ilustración. Para Kant el programa ilustrado no consistía –como erróneamente puede a uno hacerle sospechar los textos dedicados al tema- en la incorporación del interés al escrutinio de la opinión educada de una sociedad que conversa; Kant pensaba más bien que había un vínculo a priori entre el avance tecnológico y del conocimiento con la esencia humana, y que esa esencia humana tomaba posesión –por decirlo de alguna manera- del espacio donde realizar las instituciones y prácticas compatibles con el desarrollo o la acumulación del conocimiento y el dominio tecnológico de manera violenta. El interés por la violencia en la istoria estaba ligado con el progreso del conocimiento, que lo justificaba. Sin saberlo, Kant esbozaba de esta manera una concepción del interés por la historia que sólo podía tener una dirección, y que vinculaba cualquier otro punto de vista (de repugnancia moral por el terror revolucionario, por ejemplo) con el rechazo del conocimiento y el desarrollo tecnológico, esto es, con el atraso o la ignorancia, impropios del hombre. Los puntos de vista que disentían de su sonrisa sanguinaria se estrellaban en el fracaso pues, la expansión del conocimiento era un hecho fáctico, algo que no se podía negar. Los puntos de vista contrarios a la violencia ejercida por la Ilustración podían y debían censurarse ante el carácter imponente del progreso del conocimiento.

Kant, por razones internas a su sistema, identificó la Ilustración y su rol de “hilo conductor” de la violencia en la historia con la idea de una racionalidad humana universal e incontestable. Esta forma de pensar perfiló el pensamiento y la práctica política del mundo occidental en general, y del mundo liberal en particular luego de la caída del muro de Berlín, en 1989.

A lo largo del siglo XIX la visión de la historia como un interés en que la violencia política y social trajera al mundo las prácticas e instituciones de lo que se llamaría después de Kant “liberalismo” aparecía como un efecto sabroso del progreso humano se relacionó con un hecho fáctico de una originalidad y una pregnancia mayores, que fue la expansión del intercambio comercial. Aunque esta idea no era novedosa, se hizo popular, y el punto de vista de la economía comenzó a parecer el mismo que el del progreso de la ciencia, de tal manera que el aumento, no sólo en el conocimiento, sino también en la riqueza material se identificó con el interés humano. La violencia social vista desde el interés de la esencia humana era también un derecho del progreso entendido ya no sólo epistemológicamente, sino económicamente, con lo cual el interés de la humanidad y el desarrollo económico y tecnológico llegaron a parecer la misma cosa. Esta economización de la naturaleza humana hizo de la historia el escenario de una violencia necesaria para que la humanidad alcanzara bienestar y este punto de vista no sólo fue abrazado por la concepción liberal de la historia, sino también por sus variantes en apariencia muy diferentes, como el socialismo y el comunismo. Estas ideologías transformaron la violencia revolucionaria en una empresa económica y descalificaron a los adversarios cuyas ideas o prácticas políticas no fueran también económicas.

La derrota histórica del comunismo luego de la caída del muro de Berlín fue vista como un signo de la superioridad de un sistema económico, el capitalista, sobre otro, el comunista. Y también a precisar una interpretación de los últimos tiempos, desde que Kant escribiera en favor de las atrocidades sin nombre de la Revolución Francesa, como el despliegue del hilo conductor que lleva desde el asesinato por la guillotina de los reyes de Francia hasta Barack Obama. A esto se debió un auge, durante los últimos treinta años, de la suposición de que la violencia política ejercida desde el interés económico tenía la justificación de ser de interés para toda la humanidad. Increíblemente, el interés de las grandes corporaciones del mundo occidental y su sistema financiero, hoy en la quiebra, era y es el sentido de la violencia que está legitimada. Esto lleva a entender por qué los pacifistas que creen en los Derechos del Hombre encuentran justificación una y otra vez para que el coloso militar y económico de la Tierra aplaste a indefensas naciones que, ante sus misiles, responden con llanto, muerte, algunas plegarias y, ocasionalmente, degollando a uno que otro taxista anglosajón.


Un Califato ha surgido en medio del hilo conductor de la violencia imparable de los Estados Unidos. Se unen a él, de manera voluntaria, miles de hombres y mujeres de todas partes del mundo. Miles de personas que no sienten que el interés de la humanidad, es decir, el interés humano tal y como lo diseñó la Ilustración, sea representativo de sus propios intereses. Miles de personas en torno de un rey que no busca enriquecerse, ni enriquecerá la banca o al sistema financiero, y que no comparte en absoluto las ideas que se derivan de la Revolución Francesa y su propia historia de muerte y crueldad. Miles de personas que, tal vez, despierten el interés sonriente que ve en la historia política de violencia del mundo liberal una amenaza más grande para el género humano que cualquier otra violencia que haya. ¿Qué hará el hermeneuta, entre tanto? Mirar, con interés, a dónde nos lleva la guillotina islámica. Sus fueros tienen límites, tanto como los de Kant no los tenía. ¿Qué interés le parece a usted, lector, el más interesante? Una nueva monarquía islámica acaba de fundarse hace unas semanas en África. Brilla, pues, el evento. Brilla allí, donde habitan los perdedores, los derrotados, los pobres que la modernidad mantiene en los márgenes de su decadencia. Y brilla a pesar de los Estados Unidos, en quien un hombre religioso podría ver lo que Joseph de Maistre en la Revolución Francesa: a Satanás en la Tierra.


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Bismillahi Rahmani Rahim. Hola Víctor Samuel, te envié algo en relación a este tema. La metapolítica del estado islámico. Saludos amigo. Nureddín.

Anónimo dijo...

Felicitaciones por tan brillante artículo, escrito como siempre en un estilo polémico y desde una perspectiva heterodoxa. El nuevo Califato es un país que debe ser reconocido es muy laudable, y que la guerra santa es un medio para conquistar sus territorios también suena razonable. Que los EEUU ha satanizado al EI es evidente.

No obstante, la hermenéutica política está considerando actualmente las siguientes variables:

1. el EI es un engendro del propio EEUU para utilizarlo como caballo de Troya para destruir Siria e Irán

2. es muy sospechoso la gran efectividad de las operaciones militares del EI sin el apoyo en inteligencia de medios muy sofisticados que solamente lo puede proporcionar la CIA.

3. los EEUU al no poder destruir Siria por la oposición de Rusia y China ahora se sirve de una quinta columna terrorista

4. el EI recibe apoyo logístico de Arabia Saudita, Israel y Turquía, a través de una partida secreta del Pentágono, proporcionado por el Reich bilderberg, para completar la destrucción de regímenes opositores a la política imperial.

Considerando estas variables es posible mantener un juicio cauteloso y atento a los acontecimientos aun oscuros e inciertos.

Gustavo Flores Quelopana

Víctor Samuel Rivera dijo...

Estimado Nureddín, tu artículo, largamente esperado y deseado, ha sido colgado hoy. Difúndelo. El tema de la legitimidad del Califato está, como ya he declarado, fuera de mi competencia tanto profesional como religiosa.
Un abrazo.

Víctor Samuel Rivera dijo...

Estimado Gustavo;

Ante todo, te agradezco la lectura del artículo que es antes que nada un artículo de filosofía al que muchas personas temen comentar. Lo he mandado a todos mis contactos académicos y eres el único que se ha atrevido a publicar aquí y no limitarse a mandarme mensajes en las cuentas reservadas.

¿Sabes? Es evidente que el nuevo reino de Levante es un error de la política internacional de Estados Unidos que, en efecto, ha financiado a los terroristas que han proclamado el reino hace pocas semanas. Pero: Estados Unidos ya no tiene el control del Estado Islámico o Califato y ahora tratan de contener su crecimiento apoyando a los kurdos y los chiítas de Irak, ya que no pueden hacerlo por medio de Siria-

José Luis Herrera dijo...

Indudablemente este es un evento, que unido con la nueva monarquía africana augura un quiebre, para quien sabe interpretarlo solo le queda temer o alegrarse, dentro de mi libro esto recibe el nombre de tras contextual , es decir lo que sale del contexto, de lo que tiene un significado, tu articulo es extraordinario, me a gustado mucho.

José Luis Herrera dijo...


Estimado Dr. Rivera

Al filósofo el horizonte le atrae, no el horizonte que a su vista se escapa, sino aquel que no se deja ver bajo la luz del concepto, luchador e intrépido con el lenguaje y así es el artículo de Víctor Samuel Rivera, en el se juntan la interpretación audaz, el ámbito nouménico del evento y la pregunta no problemática, sino como diría Marcel, propia del misterio.

Éxitos

Víctor Samuel Rivera dijo...

Estimado José Luis;

Sé que usted ha leído varios de mis textos de hermenéutica política y que no le disgusta mi concepción de ésta, que puede calificarse de "esotérica". Un ejemplo es "Influencia divina en la Constitución política", que fue mi ponencia plenaria en el Congreso de Filosofía del año pasado. Lo que me gusta más es cómo recrea a
veces usted mi lenguaje filosófico desde otras fuentes. De hecho, tenemos mucho de qué hablar.

Y aparte, ¡Viva el Rey de Levante, portador del Ereignis!

VSR

Anónimo dijo...

Enrique Carrión dice:

Gracias, profesor Rivera, por su excelente artículo. Sé que mucha gente (incluyendo filósofos) no lo van a "entender", pues es de pocos llegar a descubrir las profundas motivaciones de quien posee un mundo de sentido al que quiere ser fiel. Las clases que recibí, cuando fui su alumno, me permiten, ahora, comprender su enfoque hermenéutico del tema.

Con aprecio y respeto:

Padre Enrique Carrión

Víctor Samuel Rivera dijo...

Estimado Padre Carrión;

Le agradezco sus palabras de aprecio y comprensión. Portales como La Coalición son espacios de reflexión filosófica y es en clave filosófica que deben leerse las colaboraciones aquí. En mi caso, desde la hermenéutica política.

Aparte, tengo pendiente material de usted que pienso publicar pronto sobre "violencia buena y mala".

Un gran abrazo.

VSR

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