domingo, 21 de octubre de 2012

LA RELIGIÓN DENTRO DE LOS LÍMITES DE LA PURA RAZÓN (resumen)


LA RELIGIÓN DENTRO DE LOS LÍMITES DE LA PURA RAZÓN
 (resumen de la obra para uso de estudiantes)

Alejandro Molina
FACULTAD DE TEOLOGÍA
PONTIFICIA Y CIVIL DE LIMA

Emmanuel Kant escribe esta obra en 1793 con título en alemán Die Religion innerhalb der Grenzen der bloßen Vernunft. Si bien su propósito era no se proponía ser algo taxativo, sino más bien ser motivo de disputa, su influencia terminó siendo de gran importancia para la teología y la filosofía de la religión. Está compuesto por cuatro partes (o piezas) puesto que fue escrito a manera de cuatro artículos periodísticos.

La Primera Pieza apareció en el Berlinische Monatsschrift de abril de 1792. Al querer Kant publicar la Segunda Pieza tropezó con la censura del Rey que le impidió publicarlo en este periódico. Kant entonces compiló las cuatro piezas y de dispuso a publicarlas como un libro, enviándolos al departamento de filosofía de la Universidad de Jena, evitando así la censura teológica. Kant fue reprendido por su acción de subordinación. Aun así, publicó una segunda edición en 1794, lo que provocó la ira del censor, quien buscó la orden real que impidiera a Kant publicar o hablar públicamente, de por vida, sobre materias de teología.

En cuanto al título, vemos que este está basado en una metáfora que Kant utiliza en la introducción y continúa usando a lo largo del libro. La religión racional es representada como “desnuda” (bloßen), mientras que las religiones históricas son consideradas como “ropaje” que debe ser considerado vehículo inapropiado para que las verdades religiosas lleguen a los pueblos. Cabe señalar que, si bien Kant pudo haber querido una traducción un poco más ruda, la palabra bloßen también puede significar “puro, simple” en el original
alemán.

Kant introduce su libro con una pregunta: ¿Puede un hombre, guiado sólo por la racionalidad práctica, honrar la ley moral y construir su propio mundo? En primer lugar, guiado por su racionalidad práctica, no deberá optar por un mundo donde la felicidad dependa del valor de lo moral, sino del deseo de alcanzar el Bien Mayor, donde el virtuoso podrá encontrar la felicidad como virtud de virtudes. También se vería obligado a construir este mundo teniendo a este Bien Mayor, Bien Supremo, como ley moral sobre la que se base todo. Este hombre creará este mundo del Bien Mayor porque sabe que es lo correcto de acuerdo con la ley moral, y es lo que dará significado a lo que cada uno realice.

Esta parece ser la reflexión y conclusión de Kant, quien no sólo quiere que las personas imaginen este mundo sino que también se den cuenta de que están obligados a construir un mundo con estas características, y de que tienen el poder para hacerlo. De ahí se deriva la reflexión kantiana sobre la religión, y sobre qué tipo de religión será la más adecuada para los humanos. Para esto, parte de un llamado por investigar las condiciones humanas, comenzando con la natural tendencia del hombre hacia el mal. Esto ciertamente refleja una influencia del sistema legal criminal, en el cual se castiga a las personas por desobedecer a la ley, sin que haya ningún tipo de recompensa para aquellos que la cumplan, siendo esto una mera responsabilidad y no algo en términos de eficacia (en miras a obtener algo en retorno).

En la Primera Pieza el tema central es el mal humano. El ser humano, ciertamente hecho para alcanzar el bien, automática y voluntariamente opta por el principio del mal (egoísmo, interés sólo para sí mismo. Por esto, el mal debe ser atribuido no sólo a los individuos sino a todos los seres humanos como especie. El mal es una elección natural y voluntaria, quizá hecha desde el nacimiento, para dejar de cumplir las normas morales cuando se tenga la ocasión, si es que se encuentra ventajosa a nivel personal. Apoyamos esta tendencia cuando evitamos discutir los principios de las acciones de los demás y ver los efectos de no ver la diferencia entre el bien y el mal. Justificamos la mentira en nosotros y en los demás, por ejemplo, para demostrar el mal, cuando creemos que hacemos el bien. Hay una corrupción natural de significados cuando se trastocan los principios morales, tanto a nivel personal como a nivel social, de manera que el mismo término “moralidad” cae en incertidumbre y ni siquiera sabemos a ciencia cierta qué significa.

En la Segunda Pieza la reflexión gira en torno a la posibilidad del cambio. Para que sea posible reordenar el lenguaje y poder decir las cosas claras es necesario retirar la idea del hombre perfectamente justo, del hombre recto, de aquel que nunca cae en el egoísmo sino que siempre busca hacer lo que es justo, recto. Esta idea podría ser incluso racionalmente válida (como producto de la racionalidad humana), pero no ha existido una persona así en toda la historia de la humanidad ni existirá. Lo que nosotros necesitaremos en la religión será que le ayude a ser, moralmente, una mejor persona, y que la experiencia le dé esta evidencia, para que finalmente “perdone las ofensas” y sean las suyas perdonadas. Estas dificultades deben ser superadas de una manera racional por cualquier hombre que quiera cambiar sus caminos hacia el bien. Sin ser una persona distinta, es posible considerar la disposición de convertirse en moral y por lo tanto ser considerado en una corte moral, en la que sus actos comiencen a manifestar cada vez menos los vestigios de su vida pasada. La experiencia puede decir si una persona está progresando en su perfección moral (o si continua siendo mala) pero nunca si ha alcanzado la santidad o si no necesita esforzarse más por vivir la virtud. Sin esperar ningún perdón, este “hombre nuevo” sufre los vestigios de la “hombre viejo” sin quejarse y sin solicitar crédito por las buenas acciones, y asumir estos males teóricamente como asociados a un principio moral serán una expiación del infinito mal que el “hombre viejo” teóricamente fue capaz de hacer en su disposición previa (en cada caso y tiempo que no haya optado por el bien). Esta será la manera moral de proceder según Kant.

En la Tercera Pieza, se reflexionará sobre las expectativas racionales. A continuación, se deberá lidiar con el precario concepto de “hombre nuevo” y su relación con el precedente “hombre viejo”. Éste estará tentado constantemente y poderosamente por la expectativa de no ser exitoso en su propósito de alcanzar este nivel de virtud moral, sin importar qué tan grande es su dedicación. Es así como llegamos al “deber curioso” que no pertenece al hombre mismo como hombre (refiriéndose a la perfección moral), sino que se obtiene como fruto de un proceso social (que es hacia donde se dirige en último lugar la perfección moral).

En virtud de este deber encontramos que todos los hombres necesitan ayuda y tienen que ayudarse mutuamente (el llamado al deber pide dar lo mejor de nosotros mismos). Si yo alcanzo la perfección moral, puesto que es mi intención como “hombre nuevo”, entonces tendré que ayudar a los demás, así como si los otros quieren la perfección moral me tendrán que ayudar a mí. Tenemos el deber, un compromiso con el otro, un deber de especie con el resto de la especie, un deber de las especies consigo mismas (incluso si el éxito no está garantizado). Como resultado, estos “sindicatos” deben ser formados y pasarán a llamarse “Iglesias de Dios”. Dios es entonces introducido como el dador de la ley que garantiza que dicho “sindicato” esté siempre moralmente fundado y dirigido. Es decir, según esta concepción, para los miembros de las iglesias Dios habrá ordenado la ley moral y por lo tanto esta no puede ser revocada, cambiada, ignorada.

En Cuarta Pieza, la última de su trabajo, se discute el tema de la Iglesia Racional. Finalmente, y después de haber desarrollado ampliamente el papel de la religión como garante de la moral, Kant pide que todas las personas se afilien a una iglesia, de manera que eviten así las confusiones que son fruto de la superstición, donde se usan ceremonias estúpidas para demostrar devoción y ganar el favor divino (en lugar de cumplir con el deber moral). También se evita el fetichismo, en el que pensamos que podemos “manipular” a Dios para justificar nuestras maneras de pensar y de actuar, buscando poner en Él los fines.

Una iglesia racional también nos prevendría del “fanatismo”, que cree que gozamos del favor o el conocimiento divino sin ni siquiera preocuparnos por los asuntos morales. Credos y rituales son aceptables en la medida en que no se les considere necesarios para la salvación, y siempre debe ser comprendido que el único requisito para agradar a Dios son un buen corazón y espíritu. Credos y rituales deben convertirse en símbolos de solidaridad con todas las personas con un cierto espíritu (incluidas las generaciones anteriores) y por tanto ser útiles para dar a la gente un cierto sentido de unidad en su esfuerzo por ayudar a los demás a practicar la moral de manera permanente y fortalecerse en la lucha contra “el príncipe de este mundo” (cuyo verdadero nombre es el interés propio).

1 comentarios:

André de Cabriñana dijo...

Podría ir como post:

Bringing religion into contemporary international relations could improve our discussions of power and morality

http://blogs.lse.ac.uk/lsereviewofbooks/2012/10/27/book-review-god-and-international-relations-christian-theology-and-world-politics/

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