viernes, 2 de octubre de 2009

La guerra justa según Michael Walzer (Parte III y final)



La guerra justa según Michael Walzer
(Parte III)

Dr. Dick Tonsmann

Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima

La cuestión del terrorismo, que es un fenómeno surgido recién en el siglo XX (como el holocausto nazi), adquiere virtual relevancia. ¿Cómo se pueden articular aquí los principios de la guerra justa con los principios de la identidad comunitaria de los combatientes? Para entender esta cuestión peliaguda, lo primero que debemos hacer es distinguir entre una guerra de guerrillas y el terrorismo. Como hemos visto, dados los principios comunitaristas, un Estado extranjero no debe intervenir en un conflicto cuya carácter es exclusivamente interno (a menos, claro está, que se traspase los limites fronterizos). Si hablamos de guerrillas, éstas justifican su accionar cuando cumplen las leyes de la guerra al distinguir entre soldados y civiles. En estos casos, los partisanos incluso pueden ganar el apoyo de los mismos civiles propiciando un levantamiento popular. Por lo tanto, la presencia de un ejército extranjero no tiene otro nombre que “guerra de agresión” . Pero el caso del terrorismo es distinto. Hablamos aquí de asesinatos aleatorios de personas inocentes que, de ninguna manera, puede justificarse. A este respecto podemos hacer alusión a las posturas de los dos autores franceses existencialistas más famosos del siglo XX, a saber: Jean-Paul Sartre y Albert Camus. El primero de ellos, haciéndose eco de uno de los tantos movimientos políticos a los que presta su nombre y reconocimiento, justifica el terrorismo del Frente de Liberación Nacional Argelino (FLNA) que actuaba en Francia, de la siguiente manera:

“Liquidar de un disparo a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, destruir simultáneamente a un opresor y al hombre a quien oprime: lo que queda es un hombre muerto y un hombre libre” .

Estas líneas, más que en su sentido literal deben entenderse como parte de la obra de un filósofo y escritor comprometido con cuanta causa de libertad salga a su paso, cayendo con ello en la ceguera ideológica que le impide distinguir la lucha por la libertad de la dignidad y el respeto por uno mismo. La crítica de Walzer a esta postura se puede apoyar en la obra de Camus quien señalaba que “incluso en la destrucción, hay una forma correcta y una forma incorrecta y existen límites” . Por lo tanto, podríamos decir nosotros que, al disparar a un hombre europeo, el argelino no sólo lo mataba a él sino que también se mataba a sí mismo en su dignidad humana. Se puede intentar una justificación diciendo que no hay nadie inocente en el sentido de que todos son parte del sistema opresor. Pero tal justificación carece de valor moral por que al no–combatiente no se le puede imputar responsabilidades más allá de sus propios actos. Así que se puede decir que estas afirmaciones sólo constituyen un capítulo más de una ideología que siempre busca justificar lo injustificable. Sea cual sea su discurso, debemos reconocer que el terrorismo es una matanza indiscriminada que traspasa los límites morales de toda justificación de la guerra . Walzer se refiere aquí con especial preocupación a las incursiones palestinas contra civiles israelíes. Para él, por muy justas que sean las consideraciones reivindicativas del pueblo palestino, en ningún caso se puede legitimar esta clase de acciones. Este es un tema que será recurrente en nuestro autor, dada la larga duración de este conflicto hasta nuestros días. Una guerra que continúa, aunque cesen lo combates, y que la opinión pública internacional le hace el juego

Por otra parte, a raíz de los sucesos del 11 de setiembre, Walzer hace una ampliación del concepto de terrorismo señalando que no sólo son terroristas los grupos como la OLP o el IRA, intentando obligar a sus respectivos gobiernos a actuar a partir de generar precisamente “terror” en la población, sino que también se puede hablar de terrorismo de Estado así como de guerra terrorista. La primera de ellas referida sin duda a un régimen opresor, mientras que la segunda, en cambio, se muestra en toda su magnitud en el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki . ¿Qué más puede ser sino un acto terrorista, el hecho de matar indiscriminadamente a millones de inocentes para obligar a un gobierno a rendirse? Ahora bien, esto plantea la última cuestión sobre la guerra justa que es la situación que se origina como resultado del conflicto armado, o lo que podemos llamar la situación post bellum. ¿Justifica un nuevo orden una guerra terrorista o los actos terroristas que se originan en ella? O, lo que es lo mismo preguntar: ¿el fin justo justifica los medios injustos?

Si nos atenemos al principio de que el fin justifica los medios sólo en la medida en que los medios no traicionan el fin propuesto, entonces queda claro que una intervención humanitaria, que haya actuado siguiendo la convención bélica, puede justificar el principio formulado del doble efecto si ha parado una masacre genocida reduciendo el número de pérdidas de vida y comunidades humanas. Pero requerimos de criterios con los cuales debemos contrastar los fines perseguidos. Estos criterios serían, conjuntamente, el ‘fin de las hostilidades’ y la ‘legitimidad’. En ese sentido, para Walzer, más allá de la idea tradicional en que una guerra justa debe restituir las fronteras al estado original en que se encontraban antes de la agresión, la intervención humanitaria debería necesariamente “cambiar el régimen responsable” de las atrocidades que motivaron tal intervención . Este cambio de régimen, en tanto reconstrucción política del Estado invadido, es una necesidad para que se dé el cese de las hostilidades a todo nivel y pueda facilitarse el paso a las decisiones legítimas de la comunidad que se reconstituya institucionalmente. Pero esto no significa que el cambio de régimen por sí mismo haya sido una justificación de la guerra. Su derrocamiento no es una causa justa de la intervención armada sino un efecto necesario de la misma. Además, es posible que algunos miembros del gobierno a derrocar tengan ascendencia e influencia sobre determinados sectores de la población y se requiera su presencia para negociaciones posteriores . De esta manera, los criterios del ‘fin de las hostilidades’ y la ‘legitimación’, en el marco de nuevos acuerdos de seguridad interior y exterior, son los que permiten terminar por redondear el carácter de justificación de una guerra junto a ‘la causa justa’ y ‘el medio justo’ (ad bellum y in bello).

En esa medida, la legitimidad significa que el desenlace de la intervención armada deberá ser un gobierno reconocido por los ciudadanos del país intervenido (de manera electoral o de alguna otra forma democrática), y que el fin de las hostilidades con las minorías contra las que se cometían las atrocidades se traduzca en una protección sistemática, de la misma forma que la pobreza y la miseria alimentadas con la guerra puedan ser superadas de la mejor manera y lo más rápido posible. A este respecto, podemos finalmente encontrar una apelación de Walzer al sistema de distribución justa en una sociedad de igualdad compleja dependiente, en este caso, de la situación en la que se encuentran los que deben reconstruir el Estado. Es decir que…

“… lo que determina la justicia total de una ocupación militar no es tanto su planificación o su duración, sino su dirección política y la distribución de los beneficios que genera. Si la tendencia constante es incrementar la soberanía de la población local y sus beneficios se distribuyen ampliamente, se puede decir, razonablemente, que la potencia ocupante es justa. (…) si los recursos acumulados para la ocupación terminan en manos de empresas extranjeras o favoritos locales, entonces la ocupación es injusta. La combinación de unilateralismo y laissez-faire es una fórmula encaminada al desastre” .

Esto significa, una vez más, que la justicia, incluso en el caso de una guerra, depende del sistema de distribución que, respetando la frontera entre la esfera de la política y la esfera de la economía, se debe establecer al final del conflicto armado. La redistribución de los bienes en general, y no sólo los de naturaleza material, que considere la diversidad cultural de un país y que no suponga una imposición de transnacionales explotando sus recursos, es la única forma en la que se puede encaminar hacia una paz duradera. En otras palabras, no habrá paz en una situación post bellum, si no hay justicia distributiva en una sociedad igualitaria compleja que sea el resultado de una transformación de la mentalidad cultural y de las instituciones que propiciaron la guerra. Lo que no es sino una versión reformada de la frase recurrente de las encíclicas de la Iglesia Católica en el siglo XX, a saber: No habrá paz sin justicia social. Aunque también podríamos decir que la guerra justa es una continuación de la política de distribución justa por otros medios.

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