domingo, 9 de noviembre de 2014

María Luisa Rivara de Tuesta, recuerdos








María Luisa Rivara de Tuesta, recuerdos


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Los momentos más esenciales de una persona acontecen cuando ésta se halla fuera de control emocional. Esto sucede con motivo de una gran alegría, un gran temor o una inmensa pena; o una gran cólera. Por mi vocación por la dimensión política del pensamiento los momentos de ira son los que me resultan más interesantes, sean éstos en los pueblos tanto como en los particulares. Y siendo como era la doctora María Luisa Rivara de Tuesta una persona tan emotiva, y dentro del rango de la gente emocional, que es el más ontológico, una capaz de unos arranques tremendos de indignación, quiero recordarla ahora por sus cóleras, que habiendo sido tantas y tan frecuentes, ennoblecían de manera especial los calmos espasmos en que era capaz de una dulce sonrisa. En su favor diré que no era de esa gente mediana que es tanta y tan despreciable y que sonríe siempre sin motivo, o se congela en una especie de seriedad facial inútil, ya que sin objeto. Son serios y profundos para cruzar la pista. En este sentido específico, la doctora Rivara era una portadora del Ser. Tal vez no una gran portadora alzando una luminaria salvífica, pero era un poco como el filósofo que va en medio del bosque del Ser con una pequeña lámpara en el avanzar humano hacia la nada. Ella tenía, si no en sus obras, al menos en su espíritu, una lamparilla. La multitud de los colegas al uso caminan en esa oscuridad infinita del Ser sólo cuando pueden hallar en el bosque al menos  la lámpara de alguien como ella. Antes que filósofa, hay que recordar a la doctora como educadora. Su proximidad o mejor, debo decir, su amistad, indicaba siempre algo.


Conocí a la doctora María Luisa Rivara de Tuesta a inicios de la década de 1990. Yo me iniciaba como profesor universitario en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, a donde, por iniciativa de los propios alumnos, acogidos entonces por el Director de Estudios, un cura que, más que tomista, parecía un modernista liberal que no usaba hábito ni jamás hablaba de Dios, se invitó a la doctora a dictar clases de filosofía en el Perú. Mi primer recuerdo es doble; se hizo rápidamente célebre por haber amonestado a gritos a un alumno que defendía su tesis de grado sobre tema peruano por haber llamado a un texto del siglo XIX, que creo pertenecía a ese holgado del infierno que fuera en vida el ateísta Francisco de Paula González Vigil (que en paz descanse en la noche eterna, si puede). Gritó a garganta barítono al pobre del tesista, aterido de espanto, por haber denominado a un panfleto de este hombre (o de otro de su estirpe) “panfleto”. Ella exigió que al panfleto se lo llamara “obra” o “libro”, al extremo de que en la sesión de defensa de la tesis de alguien que es hoy un exitoso diplomático debió disculparse para continuar, y debió llamar al panfleto como lo que no era: un libro. El escándalo por el griterío le valió al pobre alumno la peor nota posible para aprobar. Mi segundo recuerdo es a mí mismo presentándome ante ella, con la cabeza inclinada: “Víctor Samuel Rivera, doctora; es un honor conocerla”. La doctora sonrió dulcemente y me contestó “¡se ve usted tan joven!” (bueno, era joven realmente; gracias a Dios algún día lo fui). Una gran cólera en el medio de una sonrisa. Eso es para mí la doctora.

Desde ese día la doctora me tomó mucho cariño, aunque la historia completa no termina de manera tan feliz.


Izquierdista consumada y anticlerical de palabra (pues iba a misa todos los domingos y se persignaba delante de cada iglesia que le salía en el camino), la doctora, que había obtenido su posgrado en educación con mención en filosofía en 1966, y era discípula apreciada de Augusto Salazar Bondy, que entonces tenía una gran influencia tanto académica como institucional en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Eso quiere decir que su tema era el estudio de las ideas filosóficas en el Perú, bajo las tesis básicas de Salazar sobre el tema, lo que incluía la creencia, que sin más es falsa e infundada, de que no había habido ni había en el presente auténtica filosofía peruana; es decir, que no había o había habido filósofos peruanos en el sentido de que sí los había habido alemanes o franceses. 

Ya que escribo este texto como un homenaje a la doctora, que pienso que se lo merece, no creo que sea el momento de seguir juzgando las ideas de Salazar, que considero sujetas a un profundo complejo de inferioridad cultural que me parece completamente inadmisible; tampoco voy a referirme a la influencia de Salazar en San Marcos desde el punto de vista institucional, aunque debo decir que transformó de manera decisiva el perfil de la Escuela de Filosofía hasta el día de hoy, y dejo la evaluación de esa influencia a los sanmarquinos. El hecho es que la doctora se interesó en temas peruanos que colindaban con la historia política, a diferencia de Salazar, que había enfatizado en su trabajo académico lo que los alemanas llamarían el “espíritu” del pensamiento peruano. Alumna del San Marcos de la década de 1960, la doctora se graduó con una tesis sobre el Padre José de Acosta: José de Acosta, un humanista reformista, Lima, Universo, 1970, 147 pp. Es una obra magnífica en su género y considero que es el mejor aporte académico para la historia del pensamiento peruano que la doctora haya jamás escrito. Nada impreso por ella después iguala en mérito a esta obrita, que es tan difícil de conseguir, por cierto.

En la Facultad de Teología la doctora y yo entablamos una linda relación, en la que me consideraba yo más digno de aprender que un colega. Para entonces la doctora llevaba años ya como Presidenta de la Sociedad Peruana de Filosofía, cargo que dejó en 1996 a Francisco Miroquesada Cantuarias para retomarlodespués virtualmente por tiempo indefinido. A ella y a su dinero (que no le sobraba, precisamente) se debe la publicación de los tomos VI, VII y VIII de los Archivos de la Sociedad Peruana de Filosofía, en donde se consignaban las conferencias de los socios. No hay cabeza filosófica relevante del Perú del largo arco de influencia de la doctora en la institución que no haya participado allí. Debo mencionar a Jorge Secada, Miguel Polo y Miguel Giusti, entre los más significativos de los aportes de esos volúmenes, valiosísimo y raro testimonio de que en Perú sí que se hace filosofía de verdad. Un librero viejo debía colocar esos rarísimos ejemplares, de los que se tiraba un número muy reducido y salían en venta extremadamente pocos (la mayoría se quedaron en la biblioteca-escritorio de la casa de la doctora, de donde debían rescatarse, si aún existen) en unos 100 dólares americanos cada uno, al cambio actual. En ausencia de la tenaz actividad de la doctora esos volúmenes jamás se hubieran publicado y la posteridad debe agradecerle que la Sociedad, fundada con entusiasmo por Víctor Andrés Belaunde, el Marqués de Montealegre de Aulestia (José de la Riva-Agüero) y Francisco Miroquesada Cantuarias, entre otros, en 1944, no hubiera muerto alrededor de 1990 por inacción.

El mayor aporte de la doctora María Luisa Rivara de Tuesta para la historia de la filosofía peruana en el siglo XX ha sido mantener y conservar con vida a la Sociedad Peruana de Filosofía durante varias décadas; no hubo en ello nunca afán personal, interés de poder ni de lucro, ni otro apoyo financiero que no fuera el de su propio bolsillo. Debo acotar que toda la papelería de la Sociedad y sus expedientes desde su fundación estaban en su biblioteca y, si aún es posible, sería oportuno que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Biblioteca Nacional o el Ministerio de Cultura negociaran esos documentos con la familia de la difunta para su adecuada conservación. Ojalá alguna autoridad competente o una fundación peruanista generosa coloque esos papeles en un repositorio, antes de que desaparezca para siempre una parte esencial de la memoria de nuestro pensamiento filosófico.

Pero no deseo ser tan solemne en mis recuerdos de una mujer cuya cólera la condujo, antes que a la violencia gratuita o a las mezquindades que son tan frecuentes en el medio filosófico peruano, donde el poder se usa para joder al colega, a la más intensa generosidad. Yo ingresé a la Sociedad en 1992. Se lo solicité a ella misma, dado que nos frecuentábamos en el mismo empleo. Pero astutamente, también lo hice con el doctor Miroquesada. Delante de ambos se me expidió fecha para el examen, una disertación que debía realizarse ante el pleno de los socios que, luego de una oposición, deliberaban entre sí y aceptaban al nuevo socio o lo rechazaban. Ésa era la “buena práctica” en la Sociedad, y de ese modo es que adquirieron la membresía Jorge Secada, Miguel Polo y Miguel Giusti. De la manera legítima. Pero en 1992 yo era muy joven respecto de la media de edad de los asociados.

Presenté una solicitud formal para ingresar a la Sociedad Peruana de Filosofía, por escrito, en algún momento del primer semestre de 1992. El doctor Miroquesada tomó en cuenta mi solicitud por mis publicaciones académicas, que ya eran varias para la fecha, pero a la doctora no le hacía ninguna gracia que yo fuera seguidor del pensamiento débil y que apostara, en la línea de Gianni Vattimo y J-F Lyotard, en el fin de la modernidad. La doctora, que era todo menos una ingenua, comprendía que había un gran riesgo en una filosofía antimoderna, recusadora del rol dominante del objetivismo científico y la ideología liberal, cuyos frutos aún estaban lejos de ser lo que son ahora. “Usted es de los que se dicen post-modernos” –me dijo-. Durante la sustentación se enardeció y me espetó con esta frase: “¡Confiese usted de parte de quién está!” (el cuestionado Alberto Fujimori era presidente del Perú, aunque eso no creo que tuviera que ver nada con Vattimo y Lyotard). Insistió furiosa en lo mismo, de pie, casi con la palabra “folleto” en la banda de barítono, hasta que el doctor Miroquesada la detuvo. Sé que ella dio su voto en contra de mi admisión. Sustentó que yo era demasiado joven y que mis ideas eran peligrosas. Me lo confesó ella misma después.

Por si queda alguna duda, soy miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992 y mi disertación fue impresa en el tomo VII de los Archivos de la Sociedad por la doctora. Fui miembro antes que ninguno de mis colegas de mi edad en el Perú y antes que ninguno de los profesores de la universidad de la que procedo, que en su mayoría despreciaban esa institución como anacrónica y sin sentido. ¡Bien que aceptarían luego varios de ellos que bien conozco ser admitidos como miembros sin dar examen! Pero eso ocurriría por razones políticas, más de diez años después y con mi voto en contra,m que la doctora no tomaría en cuenta.  Desde mi ingreso a la Sociedad, colaboré sin retribución económica ni interés personal con la doctora hasta 1996, en que dejó el cargo de Presidenta; hubo un momento en ese periodo de cuatro años en que visitaba su biblioteca una vez por semana para coordinar tareas. Iba en mi bicicleta hasta su casa en San Borja, donde era recibido siempre por una buena taza de café, préstamo de algunos libros y, sobre todo, por una sonrisa maravillosa.

La doctora y yo acabamos bien, pero tuvimos una historia larga de altercados que ahora voy a contraer en uno: mi paso por el posgrado de San Marcos.



Me resolví a estudiar en San Marcos la Maestría en Historia de la Filosofía en 2005. La pobre me sonrío el primer día, pero desde la segunda semana no podía estar más irritada por mis preferencias: odiaba a ese volterete inteligente que era González Vigil, y amaba en cambio a Bartolomé Herrera, su enemigo; estudié a Riva-Agüero para mis tesis de posgrado, un autor por quien ella sentía algo indescriptible que estaba más allá del horizonte del odio. En lo relativo a la Independencia, yo estaba del lado de José Ignacio Moreno, seguidor de Joseph de Maistre; ella de Sánchez Carrión, ese republicano que trabajó para Simón Bolívar, ese dictador delirante. Ya se puede imaginar el lector una clase ella y yo juntos, aplastada por griteríos en los que, debo confesar, todo el auditorio estaba de mi parte. Y no soy personaje de dejarse someter, así que a los gritos de la doctora daba yo más y más argumentos, que elevaban el tono de la discusión a decibeles a los que ella misma no debía estar muy acostumbrada. Para la prueba final, en la que casi se cae el viejo edificio de adobes de Miraflores donde la doctora estallaba sus gritos, más que cercana al llanto, mis compañeros de clase fueron finalmente consultados a la hora de calificarme. Yo fui obligado a salir del salón y esperar. Otra vez la sesión de 1992. No por adhesión ideológica o política, sino por el esfuerzo académico e intelectual que ponía yo en mis posturas, el auditorio me calificó con 20, previo griterío con la doctora, que escuchaba yo en el jardín. La doctora se compuso y, fiel a su palabra, me puso la nota indicada. De todo lo que estudié con ella terminé, tarde o temprano, escribiendo un artículo que goza del nivel más alto en la tabla de indexación.

La doctora, al final de curso, se acercó tiernamente a despedirse de mí. Me obsequió con la delicada sonrisa de una anciana y me deseó lo mejor. Hizo ese gesto lindo de hacerme adiós con la mano derecha antes de salir del edificio.



Le agradezco a la doctora Rivara algo en particular, que deseo mencionar antes de cerrar este texto, que ya va resultando excesivamente largo. La doctora, que anteponía siempre la política a la academia y sus creencias al conocimiento fue, moralmente hablando, una gran persona. Siempre fue compasiva con mi pobreza, por ejemplo. Le daba lástima verme llegar humildemente a su casa malamente vestido a ayudarla en mi bicicleta vieja porque no tenía yo dinero entonces para pagar el pasaje. Siempre me preguntaba al llegar si había comido ya, si me sentía bien, si no necesitaba algo pues ella, en lugar de verme atlético y fuerte, como realmente era, sus ojos llenos de limpieza se fijaban más en que estaba algo delgado para mi edad. Aunque ella misma deploró siempre mi pensamiento “post-moderno”, “defensor de los blancos”, “traidor a mi raza” (citas textuales), nunca me quitó la palabra, jamás me rechazó la mano ni dejó de ser gentil en la conversación, ni siquiera en momentos cruciales en la historia del Perú que no es oportuno tratar aquí. Nunca me cerró su casa y siempre, que yo recuerde, hubo para mí café y una frase de preocupación por mis carencias económicas. Creo que si ella hubiera gritado un poco menos en la vida y sonreído un poco más conmigo, nos hubiéramos querido muchísimo. Ambos éramos cristianos, y ambos amábamos al Perú.

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