sábado, 2 de julio de 2011

Vida después de la muerte



Vida después de la muerte

Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía




Quien habla desde la filosofía tiene el deber de conocer con cierta solvencia su historia. Y el hacerlo no nos convierte en comentaristas de la Filosofía. El Aufthebung filosófico es superación con apropiación, quien no se apropia de su propia historia resulta repitiendo, sin saberlo, posiciones anteriores. A esta repetición que nace de la ignorancia se llama complejo “adánico”, el cual ilustra bastante bien que en temas filosóficos el mayor “colonialismo mental” proviene de desconocer y no esforzarse por dominar y reexaminar la historia del pensamiento. Tarea siempre inconclusa, por supuesto.

Asimismo, sería grosero de mi parte haber entrado a este debate para juzgar a los demás. Es preferible no juzgar a las personas pero sí a las ideas. Por lo demás, he constatado no sólo la gran vitalidad del tema, sino, que las posiciones discurren sobre vías conocidas. El contenido en cuestión es muy rico y lleno de matices. Por eso ingresé a este debate, a insistencia de nuestro común amigo Enrique Álvarez Vita, y lo hice no para ilustrar ni enseñar, sino para aprender.

Además, también porque me resultó totalmente inconsistente conocer las opiniones de S. Hawking sobre la “vida más allá de la muerte”. Yo venía de leer justamente su último libro “El Gran Diseño”, que en mi modesto entender resultó ser un fiasco, sobretodo porque es abundante en especulaciones científicas y pretensiones antifilosóficas que en el último capítulo quedan totalmente sin comprobación.
Y sobre las ideas expuestas por mi amigo Fidel –el cual opina que me gané “el cariño de los teólogos”- digo, que carecen de cortesía y de mayor dominio de la historia de la filosofía e incluso de la ciencia. Lo cual es grave para un autor que considero serio, pero que incurre en el peligroso defecto de sólo considerar el aspecto científico del problema. Pues, incurrir epistemológicamente en un realismo científico fuerte y en un panteísmo filosófico ateo, y luego no reconocerse en ellas, ni discutirlas, es un juego de mal gusto, por decir lo menos. Además, se equivoca al creer que he sido un “contendor” suyo. Yo me he limitado a interrogar ciertas proposiciones hechas por él, que al final y de forma reiterada han quedado totalmente incontestadas. La impresión que deja es que esta táctica elusiva se originó al verse desbordado por la complejidad de la temática desencadenada. Lo que en última instancia quedó demostrado es que sus ideas, siendo interesantes, requieren no obstante de mucho mayor desarrollo y, sobretodo, actualización. El que cree que la filosofía es primariamente cuestión de “método”, puede caer en el ridículo de quedarse sin contenido o con un contenido desfasado. Como por ejemplo, edificar un sistema de Filosofía natural basado en la física mecanicista del siglo XIX. Una cosa es basarse seriamente en la ciencia y otra es refugiarse en ella y utilizarla para lo que resulta conveniente al caso.

Ahora bien, reconozco que sobre el tema del alma asumo una posición ya existente y no personal, yo he escrito sobre otras cosas, pero jamás pretendí llevar la discusión hacia mis propios libros e ideas, porque por principio eso resulta ser oportunista y deshonesto. Lo que más busqué es escuchar y aprender. Y la principal constatación es que nuestra comunidad pensante está mayormente en capacidad de discrepar sin juzgar a las personas, sin pontificar ni recurrir a innecesarios saetazos que lo único que consiguen es enturbiar y entorpecer la discusión.
Pues bien, ahora que ha pasado la tormenta y ha terminado el chubasco, el clima se amaina y permite hacer con más calma una reflexión final. Y lo quiero hacer tomando en cuenta la refutación a una de las últimas críticas a la noción de alma formulada por Ryle (Concept of mind, 1949). Ryle considera que la noción de alma es una idea lógico-semántica y por eso es un error categorial profesar que tiene realidad fuera de las manifestaciones singulares de la vida mental. Con ello niega que exista el mito oficial cartesiano del “fantasma en la máquina” o “espíritu inmaterial” alojado en el cuerpo. Ahora bien, este argumento es lo que parece, es decir, un “conductismo conceptual”, y esta es justamente la crítica que se la ha formulado a Ryle. Por eso, esta última condena del filósofo inglés resulta superficial y reduccionista. Más aguda resultaba ser la objeción de Occam quien, refutando la demostración del alma de Tomás de Aquino, afirmaba que allí se toma la experiencia interna –concepto que funda la idea de Conciencia para la filosofía moderna- por la existencia del Alma intelectiva. Es decir, la intelección y la volición pueden ser manifestaciones propias del cuerpo mismo, que es “forma extensa, generada y corruptible”, y por ello la inmortalidad del alma es cuestión de fe y no de razón.



Una de las mejores refutaciones contra Occam, y dirigidas desde la propia experiencia interna, fue Descartes con la existencia de las dos substancias: res extensa y res pensante. Pero volviendo al tomismo hay que decir que la refutación del alma que le dirige Occam es a las “manifestaciones” del alma pero no al alma misma. Tal error es parecido al que cree que el cerebro no existe en el descerebrado, pues no existen sus funciones pero sí existe el cerebro. De forma análoga, las funciones del alma dependen del cuerpo pero éstas quedan en suspenso con la muerte, lo cual no significa que la muerte extinga al alma. Pero hay otra refutación bastante seria, a saber, la demolición escéptica de la noción de alma como realidad o sustancia, que contribuye a la supremacía de la conciencia, es la de Hume. Todas las realidades sustanciales son construcciones ficticias, incluso de las cosas materiales, de lo único cierto que contamos es con los datos de la conciencia. Este argumento del empirismo clásico de Hume contra la inmortalidad del alma llega a su clímax con Kant y su crítica a la psicología tradicional con sus del alma de sustancialidad, simplicidad, unidad y posibilidad de relaciones con el cuerpo. Esta crítica, que ha estado subyacente en nuestro debate, resultó ser decisiva en la historia de la filosofía porque los filósofos dejaron de hablar del Alma, como realidad sustancial, para hablar de la conciencia misma (por ejemplo, en Hegel el Alma es apenas el despertar de la conciencia; y en la tradición positivista, desde Stuart Mill hasta Ryle, se efectúa la misma reducción del Alma a la conciencia, pero prefiriendo hablar de actividades psicofísicas, como una ciencia que tuviera el mismo rigor que la ciencia de la naturaleza). Y este es justamente el argumento de los que han sostenido posiciones desde la ciencia y de los cientificistas. Por eso es necesario detenernos un poco en él. Para Kant el error estriba en atribuir al “Yo pienso” la categoría de sustancia, cuando es ella misma la primera condición del uso mismo de las categorías. Pero esta declaración kantiana como ilegítima transformación de la conciencia en sustancia, se basa a su vez en dos sustituciones ilegítimas por parte de Kant: 1. Reduce la conciencia al Yo pienso, lo cual equivale a pensar que la mente no existe sino sólo en cuanto está funcionando, y no es así; y 2. El Yo pienso no es un conocimiento fenoménico o sea mediante aplicación de las categorías a un contenido empírico, sino trascendental. Esto equivale a reemplazar la existencia de sustancias externas por la existencia de una sustancia racional a priori.

A todas luces. Como vemos, la solución kantiana, de tan enorme repercusión en la filosofía moderna, es totalmente insatisfactoria, y, por tanto, podemos decir que los contertulios de este debate que se han apoyado, consciente o inconscientemente en ella, no han logrado demostrar que el alma no es inmortal y por consiguiente, escépticos, agnósticos y cientistas están equivocados. No han logrado demostrar que el alma no es una sustancia inmortal. Por el contrario, quedan impolutos sus atributos tradicionales: sustancialidad, simplicidad, unidad y relacionado con el cuerpo pero que sobrevive a éste. Una atingencia más. Esta afirmación no significa la resurrección del dualismo platónico ni oriental, el cual cree en la preexistencia del alma al cuerpo, ve su unión con éste como su castigo y una liberación en el cese de sus relaciones corporales. Esta es también la creencia del gnosticismo antiguo y actual. ¡No!, mi postura es del monismo espiritualista, de la unidad psicofísica del alma con el cuerpo, pero de su sobrevivencia a éste, para luego volver al cuerpo o sea a su estado natural para el juicio divino. Es decir, que la inmortalidad del alma no es una gran cosa, es un estado transitorio que ha de atravesar una parte de la persona humana. Por lo mismo, lo fundamental no es la suerte del alma, sino la totalidad de la persona para la vida eterna.

Por último, aun cuando el tercer milenio marcha hacia el triunfo del monismo materialista, a través de una concepción de la supervivencia genético-cultural de la persona, idéntica en su inmanentismo al taoísmo y confucianismo de la filosofía china, sin embargo, no creo que ello signifique ni las exequias del problema religioso del alma, ni el fin definitivo del dualismo ni del monismo espiritualista. Y lo asumo así porque la tendencia dominante se desentiende de la cuestión metafísica del alma y de los valores que están asociados a ella.

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