miércoles, 11 de mayo de 2011

Estéticas de la diversidad (I parte)
Serie Documenta

Dr. Dick Tonsmann
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima

La pregunta que se nos ha planteado es ésta: “Desde nuestra diversidad cultural, ¿qué reflexiones se pueden hacer sobre el valor y sobre el alcance de los conceptos de belleza, arte y estética? Teniendo como premisa además que la sociedad peruana posee una diversidad cultural que ha sido producto, entre otras cosas, de la irrupción violenta de Occidente. En este sentido, pareciera que se plantea un punto de vista previo radical. Aquél en el cual se afirmaría que los conceptos de arte y belleza variarían según la cultura de la que uno parte. Y, en este caso, si el Perú es realmente definido como una diversidad cultural, se podría establecer varios conceptos de belleza y arte pues no se admitiría nunca algo así como una cultura peruana uniforme, aunque sí se pueda considerar, en sentido peyorativo, una hegemónica dominante.

El extremo opuesto de esta postura, en cambio, sería pensar, bajo la forma tradicional platónica, que la idea de belleza es independiente del mundo de las cosas y que lo auténticamente artístico sólo ha de reconocerse en intuiciones universales. Un punto de vista que puede considerarse el gran metarelato de Occidente. Es decir, una forma disfrazada de etnocentrismo que, se afirma hoy, debe ser rechazada en virtud de los aires posmodernos que nos rodean dentro de lo políticamente correcto, el mundo del homo videns de Facebook y Twitter y el pensamiento débil de muchos ambientes académicos y aulas universitarias. Sin embargo, haciendo uso de un recurso aristotélico (otro autor de Occidente como occidental es la mima palabra de “filosofía”), trataremos de hallar una especie de justo medio entre las concepciones localistas e internacionalistas que, por cierto, han llenado los libros sobre la realidad nacional desde la época de Basadre, aunque ahora, dentro de una perspectiva eminentemente estética. Demás está decir que lo que haré en los próximos minutos (alrededor de 15 dadas las limitaciones de un seminario como este), no tiene la pretensión de resolver el problema de la belleza o del arte ni de pasar por toda la historia de la discusión conceptual o analizar las múltiples formas artísticas que nos rodean. Pretensiones válidas para tesis doctorales de Filosofía o de historia del Arte, cuando no para proyectos de toda una vida. Sino que, humildemente, trataré de demostrar cómo es posible hablar de un reconocimiento universal de la belleza a partir de experiencias locales artísticas; y, también, que la incapacidad de dicho reconocimiento en nuestro tiempo parte de la globalización posmoderna de la sociedad tardo capitalista y los discursos populistas que están en boga en nuestros días.

Para comenzar, lo primero que hay que señalar, o reivindicar, es que el principio popular latino “De gustibus non disputandum” no es un criterio válido para la filosofía, tal como ya lo enseñaba Hegel en sus clases de estética. El concepto filosófico de belleza no puede depender de una emoción subjetiva porque, o bien la estética sería una experiencia puramente privada (lo cual es absurdo porque el arte y la naturaleza , que son las fuentes de nuestras intuiciones de belleza, forman parte de un mundo social intersubjetivo, y así como no hay lenguaje privado, tampoco hay una estética privada), o bien sería imposible establecer grados de riqueza estética dentro de un mismo tipo de arte y de una misma cultura, con lo que pierde sentido tanto la enseñanza de las habilidades para la creación de una obra de arte, como la formación en la apreciación de la misma obra.

La siguiente proposición no puede rechazarse sin más: La música clásica tocada por la Filarmónica de Cuba, así como la misa cantada en quechua en Ayacucho, siempre serán bellas aunque, si fuese el caso, a la mayoría no les guste. Y siempre ocurre que hay quienes gustarán de obras musicales de baja calidad compositiva. En otras palabras, que siempre puede preferirse, por ejemplo, la música menos bella, o fea, en detrimento de la mejor. Así, por ejemplo, en el caso de la tecnocumbia, el hecho de que sea un producto de gusto popular, y además, asociado a una parte de la diversidad cultural peruana, no añade nada a su calidad artística y, mucho menos, al concepto de la belleza misma.

Pero, ¿porqué en nuestra época, con tantas posibilidades de desarrollo artístico, desde el teatro hasta el cómic pasando por el cine y la fotografía, además de las reconocidas transformaciones en el arte popular peruano de los maestros de San Blas en el Cuzco, no se tiene con el arte esa proximidad de las épocas antiguas , sea en la cultura griega o en la Chancay, donde se habría manifestado una plenitud vital como modos de expresión de las necesidades y exigencias más elevadas del espíritu (concordando así, además, con el espíritu de la religión). ¿Se trata de una cuestión de educación, como suele decirse, o hay algo más que se nos escapa? También Hegel se dio cuenta en su tiempo que el aumento de las dificultades de la vida social y política con el incremento de su complejidad hacía que el mismo artista estuviese contaminado con una actitud fría y puramente reflexiva de tal forma que sólo le quedaría retirarse del mundo para encontrar su paraíso perdido.

En concreto, podemos indicar que esta frialdad está alimentada, cuando no provocada, por las tendencias economicistas globalizantes que hacen ver la obra de arte desde puntos de vista utilitaristas, lo cual echa perder al alma, “la serenidad y la libertad que únicamente pueden hacer posible el goce desinteresado por el arte”. Típico de ello es la anécdota de nuestro maestro Joaquín López Antay, quien, al ser requerido por un turista para hacer varias copias de una obra suya, él respondió tajantemente: “Soy artista, no fábrica”.

Esta tendencia utilitarista hace incluso perder el sentido de lo artístico mismo hasta llegar a confundir la comprensión epistemológica de los sentidos externos que participan de la actividad sensorial corporal para la contemplación de lo bello. De tal forma que la belleza, originalmente percibidas por el oído y la vista, e incluso con el tacto como en la sección del Louvre para ciegos, ha terminado por recalar en la exaltación del gusto de la lengua, en esta especie de orgullo nacional por la comida que se nos pretende vender. Pero, ¿qué tiene de bello un cebiche?, o ¿cuánta riqueza estética hay en un pisco sour? Por supuesto que algunos argumentarán que la comida fusión, la estética de la zanahoria convertida en flor por la magia del cuchillo del chef o los adornos churriguerescos del fudge en los bordes del plato donde se sirve una torta cumplen con los requerimientos típicamente artísticos. Pero nada más falso, cuando no ridículo.

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