Se publica aquí por disposición, desde Turín, de Gianni Vattimo personalmente.
domingo, 26 de junio de 2016
Gianni Vattimo: Sobre los "Cuadernos Negros" de Martin Heidegger (video)
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Etiquetas: Cuadernos negros, Gianni Vattimo, Martin Heidegger
martes, 13 de octubre de 2015
Heidegger y el nazismo (video reciente de Gianni Vattimo)
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Etiquetas: ç, Cuadernos negros, Gianni Vattimo, Martin Heidegger, Nacional Socialismo, nazismo
domingo, 21 de junio de 2015
Una Belleza Nueva - Martín Heidegger (Ser y Tiempo por Jorge Rivera)
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Etiquetas: Jorge Rivera, Martin Heidegger, Sein und Zeit
martes, 19 de mayo de 2015
Evento y memoria/ 70 años de la derrota de Alemania


Memoria y rememoración históricas, si seguimos a Kant, tienen hoy con
propiedad una dimensión metafísica. Han llegado a ser un factum metafísico. Pero, como ya se ha anotado, el que la historia haya
devenido una experiencia universal, esto es, propia y constitutiva del hombre,
sugiere también un compromiso universal. En este caso con los vencedores de la
Segunda Guerra Mundial, cuyas diferencias históricas y políticas tan profundas
se hacen irrelevantes en el recuerdo; esto en sí mismo es digno de ser observado:
el recuerdo medio de la Segunda Gran Guerra disuelve la identidad de los
vencedores, que se odiaban entre sí, algo que aún hoy, al celebrar su triunfo
por separado en fechas diferentes, revela la intensidad metafísica de esa misma
diferencia. De otra manera, sin esa distancia benevolente y olvidadiza la
celebración, esto es, la rememoración del evento, no sería posible para la humanidad,
como no lo es en el caso de muchas otras guerras del pasado, inclusive la
Primera Guerra Mundial. A este respecto es muy interesante para la vista del
hermeneuta cómo Alemania celebra hoy la destrucción de sí misma, cómo es capaz
de compartir la alegría por los muertos y dañados que le pertenecen como si
fuera aliada de su propio abatimiento: un hecho reciente que muestra la
radicalidad metafísica de los eventos para la historia del hombre. Acontece
luego lo mismo con el final de la Guerra Fría: un escenario que nos conduce
rápidamente a tópicos como “el fin de la historia” o “el pensamiento único” de
la década de 1990. Pero esta última consecuencia, más cercana en el tiempo,
resulta claramente a los presentes que es o ha devenido algo discutible. No
discutible por razones puramente morales y políticas o filosóficas, sino
fácticas; por eventos que retan y se imponen al pensar del hombre.
Hoy es ya difícil que alguien crea seriamente que la historia ha terminado.
Aunque se concede que haya muchas personas que se adscriban al pensamiento
único, es evidente también que ese pensamiento no es del hombre en el sentido
en que lo es el evento de 1945. Los celebrantes de día 9, por su propia
presencia en el desfile de Moscú, como los ausentes, por su sola ausencia,
acuerdan el gran acontecimiento: no hay más un pensamiento único, si alguna vez
lo hubo fuera de la distancia histórica que todo lo enturbia y oculta. En las
celebraciones divididas no se revela un desacuerdo crítico, pues nadie dialoga,
sino la imposición de una realidad hermenéutica, quizá algo impredecible al
inicio del siglo de los presentes y que, hasta donde alcanza el hermeneuta,
escapa a la comprensión media de los actores mismos. Esta última realidad aún
tiene una dimensión metafísica, por lo que el compromiso del hombre se halla
involucrado en ella, pero lo que en cada caso somos, la condición de cada cual,
su condición, posicionamiento político, geografía, etc. de pronto se convierten
en factores fundamentales para ese comprender; definir qué memoria debe uno
albergar, qué es reprochable ignorar, cuál es el sentido de lo que se debe
comprender. Y ese sentido que nos involucra sigue siendo metafísico.
En todas las circunstancias históricas hace sentido ver el pasado como en
dirección hacia el que recuerda, que se encuentra siempre ante una totalidad. Resulta
fructífero interpretar de este modo la reflexión de Martin Heidegger sobre el
hombre y la realidad como un ser-ahí, un Dasein.
En la rememoración pensada desde el Dasein
la experiencia del pasado aparece significada en el presente, incorporada a él,
y hace sentido porque tiene un efecto comprometedor con el hombre; aparece
constituyendo su mundo, no como un mero recuerdo, sino como una tarea de mundo,
como un mundo cuya esencia exige y demanda atención, una atención que debe ser
realizada por quien ha comprendido lo que el recuerdo histórico significa; no
comprender puede resultar así algo culposo y digno de reproche, lo que hace
comprensible las compulsivas celebraciones de los alemanes y de las que son
incapaces los rusos postsoviéticos o los perdedores en general en las guerras.
Alemania parece querer demostrar que ha comprendido. Esto se expresa diciendo
que el mundo que es propio en cada caso se relaciona con tener una condición
allí, un posicionamiento político, una geografía, etc. y, de esa manera, comprender
es también un realizar, cuyo olvido o ignorancia, como ya se ha insistido, son
reprochables. 
Nadie puede ser indiferente a 1945, y en ese sentido 1945 es evento, mensaje orientador y criterio de la compresión humana. Si un meteorito se estrellara contra la Tierra la
conmoción sería universal en un sentido análogo. Pero la idea de “borde” no
puede ser omitida. Hacerlo afrenta la misma memoria que conmemora 1945 como
evento, esto es, como llamado a un compromiso. Aun cuando hay un horizonte del
hombre, su traducción histórico social retorna desde la benévola distancia a la
cercanía. Esto de dos maneras: en relación al pasado y en relación al presente.Publicado por Víctor Samuel Rivera en 22:07 0 comentarios
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sábado, 18 de octubre de 2014
Heidegger y la metafísica del Supraser/ Gustavo Flores Quelopana
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domingo, 7 de septiembre de 2014
Breve reseña sobre la historia de la hermenéutica
Esto se vincula
directamente con el hecho de que en el origen, la hermenéutica no ocupa pues
una posición destacada. El racionalismo griego clásico, que identifica el
conocimiento con la visión teorética, enlaza la experiencia hermenéutica con el
ámbito de los saberes inciertos, sibilinos como los dichos de los oráculos, y
pertenecientes más bien al dominio de la opinión que al de la ciencia cierta. A
esto hay que añadir que, durante largo tiempo, los griegos no elaboraron una
reflexión sobre la distancia temporal, de manera que la necesidad de
interpretar eventuales mensajes provenientes del pasado resultaba secundaria.
Habrá que esperar el declive del mundo clásico para que la hermenéutica obtenga
una interpretación distinta.
Avanzando mucho
más adelante en la línea histórica aparecerá en 1927 la obra Ser y tiempo de Heidegger, en la cual no
sólo todo conocimiento es histórico-hermenéutico, sino que toda nuestra
existencia es hermenéutica, en cuanto que nosotros mismos formamos parte de la
tradición histórica y lingüística que sistematizamos en las ciencias del espíritu.
El carácter circular por el que no podemos objetivar la tradición que nos
constituye como sujetos no debe ser entendido, sin embargo, como un círculo
vicioso. El círculo hermenéutica constituido de esta forma no aparece como un
límite, sino como un recurso, en cuanto reconoce el condicionamiento histórico
y existencial de todo nuestro conocimiento, que es, siempre y de cualquier
modo, una interpretación que no alcanzará nunca una objetividad final.Publicado por Víctor Samuel Rivera en 20:45 0 comentarios
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
El Nihilismo (Parte IV)
Más allá de la línea del nihilismo: Jünger versus Heidegger
Nihilismo, existencialismo, gnosis
Publicado por Víctor Samuel Rivera en 6:51 0 comentarios
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jueves, 29 de noviembre de 2012
Paradojas impolíticas. Eclosión de lo común
Lee más del texto:
Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV
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viernes, 17 de febrero de 2012
Vattimo y el problema de la violencia (Parte I)
Ricardo Milla
Pontificia Universidad Católica del Perú
En 2011, en polémica con el célebre politólogo argentino Ernesto Laclau, Gianni Vattimo afirmó que “Heidegger no inventó su polémica con la metafísica por razones conceptuales”. Vattimo se refiere a una polémica. Se trata en realidad de una referencia a una dicotomía fundamental en el pensamiento de este autor turinés que, durante la última década, ha ido desplazando su interés a temas de actualidad política e interpretación social. De manera cada vez más dispersa, en un estilo muy frecuentemente asociado a la prensa y la diatriba política, Vattimo recoge una oposición básica: metafísica y violencia. De un lado la metafísica, un discurso cuya historia identifica con la historia social y conceptual del Occidente. De otro la violencia, que es la realidad plena y consumada de esa misma historia. Heidegger es, para Vattimo, el autor que habría descubierto, que habría asumido la verdad de esa historia. Descubrió, como antes lo habría Federico Nietzsche, que es también la historia de una mentira. Una mentira que había llegado al límite en que no era más posible creerla. Una mentira, sin embargo, que era socialmente vigente. Que, siéndolo, era además la descripción de una época histórica que comprometía a la humanidad entera.
En los textos del último lustro firmados por Vattimo hay un énfasis en la transformación política del pensamiento metafísico. Este énfasis ha comenzado a ser ostensible después de una serie de artículos periodísticos publicados a partir de la guerra del OTAN contra Iraq y que luego se cristalizarían en un libro titulado Ecce Comu (2006). No nos sorprende que Vattimo haya relacionado el contexto de Iraq con algunos textos de Heidegger. La cita más reiterada y genérica es los textos del periodo de Heidegger que se conoce como la Kehre. Por lo general este periodo cubre la existencia entera del “segundo” Heidegger, que es el autor posterior a la obra magistral Sein und Zeit. Sin embargo, las referencias de texto no son tantas y se reducen fundamentalmente a un grupo determinado de textos cuya composición va entre 1935 y 1946. Si nos alejamos de la academia y nos acercamos a la historia descubrimos rápidamente que se tratan de textos pertenecientes a un periodo de alto compromiso político del autor. Heidegger ingresa al Partido Nacional Socialista Obrero Alemán en 1933 y sólo después de 1946 acepta someterse a las prácticas de desnazificación implementadas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Esta circunstancia sugiere que los textos de la Kehre no pueden prescindir del trasfondo político que les dio nacimiento. Son textos de crítica a la metafísica, crítica a la Ilustración y al liberalismo, pero lo más importante, son la crítica a un proceso de globalización y de unificación planetaria frente a los que el contexto alemán es interpretado como una revuelta o como un heroísmo.
Hay que pensar en Carta sobre el humanismo (1946), La época de la imagen del mundo (1938), o El origen de la obra de arte (1935). Que todos estos textos hay un trasfondo histórico social que expresa a su vez un compromiso vital en Heidegger. Vattimo ha citado este compromiso del hombre con la historia en uno de sus más llamativos ensayos de los últimos años, este ensayo se titula Del diálogo al conflicto, un texto que ha sido considerado por varios especialistas de la filosofía de Vattimo como un giro en la obra de nuestro autor. En realidad, por confesión del propio Vattimo, sabemos que se trata de enmarcar y tal vez darle una cierta carga de dramatismo al propio compromiso político del autor de Turín. Antiilustrado como Heidegger, Vattimo se confiesa deudor de una interpretación análoga del conjunto de la historia de Occidente entendida como la historia del pensamiento filosófico. Piensa, como Heidegger, que la historia de este pensamiento logra su plenitud en proporción a su extensión en el hábitat del hombre. Cuando la metafísica coincide con la extensión del Occidente a todo el planeta, ésta logra una posición consumada, es decir, que ha llegado a un nivel en el cual su propia actividad ya no tiene ninguna dirección. En una terminología tomada de Nietzsche, Heidegger y junto con él Vattimo llaman a la consumación de esta historia el nihilismo. Es desde el nihilismo en que Heidegger es profeta y es héroe que asume la verdad del nihilismo y expresa una chance de emancipación. Este modelo es la impronta general del pensamiento de Vattimo.
Publicado por Ricardo Milla en 14:05 0 comentarios
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lunes, 6 de febrero de 2012
El nihilismo como nuestra única chance (Unas ideas de Vattimo)
Víctor Samuel Rivera
Ricardo Milla
Una de las características más saltantes de la interpretación que hace Vattimo de la hermenéutica es su vínculo con el nihilismo. Esta posición fue desarrollada en su libro El fin de la modernidad (1985). Por desgracia las anotaciones que hace Vattimo respecto al tema del nihilismo se reducen allí a unas escasas notas de referencias que podríamos considerar heteróclitas. En escasas ocho páginas Vattimo cita en un solo coro de coincidencia Dialéctica negativa de Theodor Adorno, el Tractatus Logicus-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein, la filosofía analítica contemporánea, fuentes postmarxistas no precisadas, El ser y la nada de Jean Paul Sartre, El crepúsculo de los ídolos de Friedrich Nietzsche y las fuentes ya notadas antes de Gadamer y Heidegger. Con estas referencias vagas y de disímil origen parece ser bastante difícil precisar qué es lo que Vattimo quiere significar con la palabra “nihilismo”. Hay, sin embargo, algunas pistas tanto al principio como al final del pequeño ensayo que estamos citando. Vattimo emplea palabras enfáticas en torno a la idea de nihilismo. Sostiene en tono dramático que “el nihilismo es nuestra única chance”; llegando al final a afirmar que “el nihilismo se manifiesta como nuestra chance”. En esta segunda ocasión subraya el carácter dramático de la expresión nihilismo asociándola con la idea de la muerte y del rol que este concepto juega en la analítica existencial de Sein und Zeit. Así como la muerte es la posibilidad más propia del Dasein del mismo modo el nihilismo se interpreta como “nuestra” chance, esto es, nuestra posibilidad más propia.Para comenzar, la expresión “nihilismo” es usada en El fin de la modernidad para referirse a una realidad histórico social que Vattimo expresa con el término heideggeriano Gestell. Define el Gestell como “la universal imposición y provocación del mundo técnico”. Si consideramos el nihilismo como una experiencia histórica que se define por su carácter universal (“global”), entonces podemos prescindir de la variopinta referencia bibliográfica de Vattimo, en la medida en que esos conceptos referenciales son menos claros que esta expresión Gestell. En este contexto el Gestell es una experiencia del mundo que es la misma o en la que tiene lugar la hermenéutica. La hermenéutica adquiere predominio como discurso filosófico precisamente porque es el lenguaje del Gestell, de esto podemos deducir que la hermenéutica es nihilista porque no tiene otra opción, porque está encerrada en el nihilismo, porque es el lenguaje en que el nihilismo se expresaría. Hay una doble aproximación a esta identidad entre nihilismo y hermenéutica. Por un lado, El fin de la modernidad es una referencia al estado social de la sociedad global altamente tecnologizada, con lo cual seguimos la línea de interpretar la hermenéutica en términos de acontecimientos sociales, que es un aspecto que Vattimo parece haber tomado de La condición posmoderna de J-F Lyotard. De otro, seguimos las sugerencias del sexto ensayo de la Ética de la interpretación que se titula “La crisis de la subjetividad. De Nietzsche a Heidegger”. En este último texto hay un autentico desarrollo de la noción de nihilismo en base al concepto de Gestell de Heidegger y está enmarcado como un fenómeno interno a la historia de la filosofía, algo que Vattimo llama comúnmente con el término Geschick, esto es, destino o envío histórico.

¿Por qué el nihilismo es “nuestra única chance”? En la versión sociológica sobre la hermenéutica y el nihilismo que ofrece El fin de la modernidad la argumentación central estriba en atribuir esa situación a “fracasos prácticos”; éstos se caracterizan por ser hechos factuales . Se trata pues de problemas prácticos y cuestiones factuales propias de un contexto global de cultura altamente tecnologizada. Vattimo sostiene que las agendas políticas significadas por las heteróclitas fuentes citadas por él han caducado porque en este contexto particular toda “normal ideal” ha perdido su “significación” . Para el lector interesado en temas relativos a Vattimo resulta sencillo reconocer en esto la caracterización de la posmodernidad en Lyotard como el fin de los metarrelatos. Vattimo, sin embargo, prefiere aludir a Nietzsche y sostiene que estos fracasos factuales deben ser denominados “nihilismo consumado” , esto es, la realización completa e ineludible de la pérdida del valor o de los valores, la pérdida del drama, de la tragedia en la vida humana. Esto sería consecuencia de las ventajas que el mundo altamente tecnologizado reportaría al hombre de la calle. Hay que entender pues que el nihilismo consumado encierra la misma idea que el fin de los metarrelatos de Lyotard.
Dejando de lado la deuda con Lyotard, Vattimo hace depender su interpretación del nihilismo de modo expreso de la herencia conjunta de Nietzsche y Heidegger. Este último punto lo desarrolla en el ensayo número seis de Ética de la interpretación. El nihilismo ha sido descrito por Nietzsche y por Heidegger como aquel proceso por el cual “del ser ya no queda casi nada” o como aquella situación por la cual “el hombre abandona el centro para dirigirse a la X” . Se trata en general del fenómeno de la pérdida del sentido en las sociedades modernas.
Resulta aquí conveniente señalar el estudio de Franco Volpi en torno al nihilismo. Volpi ha subrayado el carácter histórico de la noción de nihilismo y su contexto en la historia social y literaria del siglo XIX, al que perteneció Nietzsche, y que está vinculado con fenómenos sociales característicos como la democratización de los lenguajes sociales y el desarrollo tecnológico acelerado. Al parecer, siguiendo las sugerencias de Volpi, el nihilismo tendría un origen en lenguajes relacionados con el cosmopolitismo y la democracia como un fenómeno general de homogenización de las conductas y las valoraciones humanas; estaría relacionado por ello también con una pérdida con el sentido de la distinción. Volpi da partida de nacimiento en Nietzsche al tema del nihilismo en la obra del novelista y crítico francés Paul Bourget (1852-1935). En Bourget se relacionaría con una temática más general que la democratización como una decadencia, una decadencia que desemboca en una disolución de las distinciones so ciales. Bourget interpreta que esta disolución es un desafío para la conciencia de los artistas y el ideal social de originalidad que estos representan. Estas ideas generales pasan a Nietzsche y, por esta vía, llega a Heidegger. Franco Volpi ha desarrollado estas últimas ideas en un ensayo histórico sobre Heidegger como lector de Nietzsche. En gran medida el análisis de Volpi se centra en el ensayo de Heidegger “La frase de Nietszche ‘Dios ha muerto’” que, como se sabe, es uno de los ensayos más destacados del libro Holzwege. Es también uno de los preferidos de Vattimo.
Si las coordenadas que hemos seguido para establecer el vínculo entre Nietzsche y Heidegger son correctas, se desprende una consecuencia importante para nuestra reflexión y es que Vattimo habría heredado estos rasgos más generales acerca del nihilismo. Se los habría atribuido a la hermenéutica hasta en cierto sentido convertirlo en la interpretación de la hermenéutica. La hermenéutica no sería una forma de lenguaje sino la forma más propia del lenguaje del Gestell por lo tanto también del lenguaje propio de un mundo tecnológico democratizado. Este mundo estaría signado por el problema de la distintividad y la originalidad. Es el mundo donde lo nuevo, lo diverso, el cambio, se ha hecho ininterpretable, donde, por lo tanto, no hay lugar para que nada ocurra. En este mundo no podría haber nada nuevo. El nihilismo como la negación de los valores tiene un enganche con el concepto heideggeriano de Gestell. Sin ánimo de una mayor exhaustividad podemos señalar que la idea de que el nihilismo se relaciona con el Gestell procede del propio Heidegger. En tanto mensaje histórico, esta idea se integraría en el pensamiento de Vattimo en la metáfora de la hermenéutica como intercambio postal. En esta metáfora el nihilismo se convierte en el contenido de un mensaje que nos ha sido remitido por el destino. Ciertamente también esta metáfora podría ser remitida al propio Heidegger, quien sin embargo no la ha desarrollado. En la Carta sobre el humanismo Heidegger expresa la idea de que el nihilismo tiene su destino (Geschick) en la época tecnológica (Gestell) . La razón de ser del nihilismo, o cómo podríamos decir su objetivo, es darse a conocer en el mundo de la tecnología. Como Volpi señala, podemos dar por un hecho indiscutido un vínculo esencial entre nihilismo y mundo tecnológico.
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lunes, 9 de enero de 2012
La influencia divina en las constituciones políticas. IV parte(última)
Los dioses y la política
La influencia divina en las constituciones políticas. IV parte(última)
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
Supongamos ahora que hay una ciudad que ha sido construida con la idea metafísica de que el diálogo y el consenso son los únicos recursos legítimos para las relaciones humanas, es decir, que la constitución política proscribe y condena a quien no dialoga porque, por ejemplo, no está interesada en intercambios mercantiles. Proscribe también, en consecuencia, a los pensadores que tienen la audacia de creer que hay otras opciones para articular el interés humano y motivar sus acciones. ¿Qué ocurre si de hecho hay conflictos, algunos relativamente violentos? Habría conflictos sociales violentos dentro de una sociedad comercial, que se funda, tiene su principio, e incluso ha comenzado, bajo el presupuesto de que no es posible la conflictividad sino como un mal, como un mal moral, que debe enfrentarse a la manera de una enfermedad. Los conflictos sociales violentos en sociedades de diálogo o las crisis económicas inmanejables en sociedades económicas son incursiones de la Tierra en la ciudad. Pero es razonable entender que la Tierra es “divina” en contraste con el mundo, que es humano. Mientras las sociedades siguen las órdenes humanas, el mundo es estable y nos hallamos en el caso de Solón de Atenas, eso mientras Atenas existió. Es razonable pensar ahora que, en las cuatro esquinas de la cuadratura, el evento concede un lugar para que los dioses contribuyan al sentido y se revelen, por tanto, a los hombres. 
Una lectura política de los ensayos de Heidegger de Holzwege aludidos arriba podría ayudar en entender esta conclusión: la verdad del evento político, esto es, el hecho que funda e instala, tiene una relación íntima e integradora, con la capacidad humana de legislar y regir. Como esencia de lo que es presente, sin embargo, se trata de un aspecto más bien segundo respecto de aquel límite, más bien oculto que sin fondo, en el que los dioses por lo general no dicen mucho, pero que cuando dicen algo lo hacen como fundadores. Es fácil advertir cuán lejos es el esquema de la cuadratura de la posición de Descartes respecto a la fundación de las ciudades. Descartes pensaba que una ciudad fundada por un hombre era un producto mucho más logrado que una ciudad antigua, cuyo comienzo se había perdido o que no tuvo la fortuna de tener un comienzo. Pero esta posición puede expresarse en el gráfico de la cuadratura, y nos concede así sugerencias ocultas cuyo futuro habrá que asociar a las ciudades mercantiles y liberales. La cuadratura muestra que Descartes tuvo una visión unilateral para interpretar los eventos, y que pensó en éstos como descolocados de toda realidad histórico-social. Si pensó que la ciudad es producto del hombre, como lo hiciera antes Varrón, no se equivocaba. Pero la ciudad no es sólo un producto, y el sentido de la ciudad, que lo da el quiebre del acontecimiento apropiador, no parece en modo alguna una obra humana, que es la lección que habría que recoger de Cicerón. Con Varrón, Descartes erraba en la idea de que el hombre es señor del principio, como lo es a veces del comienzo, y dejó un lugar insatisfactoriamente vacío para el acontecer en aquellas ciudades que, sin tener un comienzo, tenían en cambio culto propiciatorio a los dioses.
El hombre se relaciona con la ciudad, con la polis, a través de la política. Esto ya sea para fundarla y constituirla, ya sea para regirla. Es interesante observar que Descartes creía que los buenos legisladores, los agentes del cuándo y del cómo, tenían una relación con la paz social y la ausencia de conflictos. Descartes escribió el Discours de la Méthode en la mitad de la Guerra de los Treinta Años, que es como una guerra mundial occidental del siglo XVII y tenía presente, cuando pensaba en las ciudades antiguas, los escenarios de una violencia interminable que atribuía a la falta de presencia humana. La Guerra de los Treinta Años era una guerra religiosa, y bien puede creerse que Descartes no aprobaba la presencia divina en los acontecimientos humanos, y también que su ausencia, que la ausencia divina, iba a ser posible una constitución humana regida a la vez por la razón y la paz. Pero no es en vano que los hombres que iniciaron el pensamiento de la política, como Aristóteles, adviertan que hay un vínculo divino que confiere a las ciudades su específica realidad como un espacio en que los conflictos y las quiebras son posibles y donde, por más desacuerdos que haya, si algo no debe estar ausente es la divinidad. Para los dioses, que son fundantes y que se mostrarán en el mostrarse del evento, a ellos el culto debido respeta el sentido del escucharse en general.
“Lo bello y lo justo caen dentro del campo de estudio de la política –escribe Aristóteles- pero conllevan grandes diferencias de interpretación, tan vastas que parecen obra de la convención, no de la naturaleza”. Con una modestia que habremos de recoger de Aristóteles diremos que “partiendo de premisas como éstas, hemos de contentarnos con conclusiones que no son mucho mejores”. En cualquier caso “el bien es ciertamente deseable cuando interesa a un solo individuo”, como Solón o el legislador omnipotente a quien Descartes atribuía la capacidad no de crear el evento, sino de impedirlo. Añade Aristóteles- “cuando el bien interesa a las ciudades se reviste de un carácter más bello y más divino”.
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domingo, 25 de diciembre de 2011
La influencia divina en las constituciones políticas. Parte III
La influencia divina en las constituciones políticas. Parte III
Victor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofia


La postura de Cicerón sobre los dioses puede ser tomada como una respuesta a Varrón sobre cómo surgen las constituciones políticas, es decir, los espacios de sentido en el lenguaje de Gadamer.
Varrón presume que los hombres son los agentes de las actividades humanas. Esto es cierto sin más si pensamos en las instituciones en general. Pero aquí nos referimos a los espacios de sentido político que los griegos llamaban ciudades que es el único sobre el que podemos decir que le es propia la pregunta sobre la fundación, sobre el cuándo, el cómo y el quién. Podemos encontrar algunos hombres con biografías como la de Simón Bolívar para algunas ciudades antiguas, pero pronto comprendemos algo más: que muchas ciudades no tienen fundador; y tienen en su lugar en cambio un comienzo desfondado. Ni Cicerón ni Varrón negaron que las ciudades tuvieran un comienzo en el sentido temporal. Lo que Cicerón reprochaba es que la argumentación de Varrón dejaba a las ciudades sin un principio metafísico, es decir, un principio en el sentido de una justificación y una legitimidad, una cierta razón de ser, que podemos considerar mínima para efectos de este texto, que debe ser breve. Hay un sentido genérico en que toda comunidad humana que no es una mera asociación tiene un carácter orgánico, y que es legítima como una cierta forma de vida. Nos ocupamos de las comunidades como “ciudades” aunque puedan más bien ser grandes imperios o tribus semisalvajes, inclusive sin un asentamiento de territorio. El tema de la fundación tiene que ver con el carácter más primario de ser un grupo y tener (o no tener) un comienzo. Cicerón quiso decir que el lugar del desfondamiento, allí donde una incomprensible oscuridad hace de límite al sentido de una cierta existencia política, en particular en el comienzo, es también el lugar de lo divino o lo santo. Y que los dioses, como quiera que los llame la ciudad que los venera, han de recibir culto en calidad de agentes, de agentes no humanos que ocupan el lugar de legisladores o fundadores y que, por ello mismo, son la representación o el prototipo de los gobernantes, que son sus analogías. En realidad el razonamiento de Cicerón puede extenderse a declarar que ese rol fundante no está reservado a los dioses en el comienzo de la ciudad, sino que se extiende siempre, y que justamente en su rol de fundadores es que los dioses son objeto de culto obligatorio en las ciudades.

Una manera de abordar este tema de la fundación de las ciudades y la relación de ésta con los dioses es recurrir a un par de nociones que Heidegger desarrolló entre 1936 y 1938. De esas fechas proceden los ensayos más notorios de los ensayos Holzwege, El origen de la obra de arte y La época de la imagen del mundo. El segundo, pero más notoriamente el primero, son ensayos políticos relacionados con la fundación de instituciones sociales, en especial lo que Heidegger llama expresamente “la fundación de un Estado”. No es innecesario tomar en cuenta el contexto de ambas obras, que es tanto el surgimiento de la Alemania Nacional Socialista como el propio compromiso del autor con esa realidad. La Alemania de 1936 ó 1938 era la Nueva Alemania, la Alemania fundada y Heidegger tenía en ella su ciudad. Pero sería un error detenerse en este aspecto existencial, lo que podríamos considerar la motivación de Heidegger. Habría más bien que dar énfasis a que estos textos, que ordinariamente son asociados de manera exagerada con la estética o la epistemología de la modernidad, intentan dar explicación al tema del principio y del comienzo, de la fundación de instituciones y de la actitud del hombre ante ellas. Esto nos conduce a un esquema interpretativo que, con el perdón de los especialistas, habremos de simplificar. Es un esquema doble. Temporal y espacial. De un lado, el hombre que enfrenta la fundación, pero que la enfrenta como un surgir. Esto se debe a que tiene la experiencia de la fundación, un privilegio de pocos pensadores; de esta experiencia surge una fenomenología del origen, que en ese periodo puede tomarse como una fenomenología de la verdad (de las fundaciones institucionales). De otro, la ubicación del hombre, que en resumidas cuentas se identifica con la ciudad fundada.
En las lecciones de los años de Holzwege que se denominan Aportes sobre el evento y que sólo fueron impresas en 1989, cuando el propio Heidegger podía excusarse con su ausencia de las consecuencias de lo que estuvo haciendo en sus clases, nuestro autor trata de los temas de la fundación y la secuela de preguntas de cuándo, cómo y quién en torno del concepto de “evento apropiador”, que en la literatura especializada se conoce en alemán, como el Ereignis. No pretendemos aquí saber más sobre Heidegger que cualquier estudiante, pero el hecho es que en sus lecciones del periodo 1936-1938 el tema del Ereignis, junto con el comienzo de las instituciones, aparece como un punto central de su reflexión. El Ereignis es en principio la experiencia de la fundación como un comienzo, pero también la experiencia de un lugar, del lugar donde el evento adquiere realidad histórico-social. Por “fundación” se entiende, en términos generales, el acontecer del mundo histórico, expresión que significa el comnpromiso con ciertas unidades histórico-sociales. Podría ser una ciudad griega, pero también un reino nómade o un gran imperio burocrático. Aquí hemos preferimos llamar a estas unidades “espacios de sentido”. Empleamos la expresión de Gadamer para tratar de las instituciones humanas en tanto se relacionan en unidad focal con un referente existencial, es decir, en tanto se reconocen en una identidad política, una realidad fundada que es el horizonte de la experiencia del hombre. Pensemos en la Nueva Alemania, o también, para el gusto, en la Nueva Rusia luego de que sus legítimos soberanos fueran debidamente asesinados. La unidad focal es aquí la ciudad. Damos por sentado que en ningún caso una ciudad es una asociación, es decir, una institución voluntaria. Un rasgo de lo “existencial” aplicado a las ciudades es que la adherencia es no voluntaria, es decir, es no elegida. Por abreviar, vamos a continuar llamando a ese referente “la ciudad” aunque Heidegger no lo haya hecho.

En las clases de Heidegger del periodo aludido el Ereignis aparece junto con la fundación, el fundar y el fundamento. Es manifiesto que Heidegger llama Ereignis a una realidad histórico social, a un mundo histórico y, por lo mismo, a unas instituciones en tanto éstas requieren justificación y muestran o exigen legitimidad. En el parágrafo 190 de estas lecciones parece expresar que el Ereignis es de alguna manera una experiencia humana que requiere, para decirlo con palabras de Aristóteles, “una disposición de ánimo”. El hombre tiene la experiencia del Ereignis como un reconocimiento. En algún sentido es en el Ereignis aparece la unidad focal que confiere sentido al mundo histórico, esto es, el Ereignis asigna un lugar para la experiencia de reconocimiento, es decir, abre el espacio de sentido, lo que en la versión que manejamos se denomina un “quiebre” o una “rajadura”. El Ereignis se relaciona con la fundación y ésta es el reconocimiento de un sentido frente a lo infundado, que carece de sentido. Con la venia de los expertos, voy a interpretar el parágrafo 190 como la exposición del espacio en que el Ereignis se funda como un sentido. Heidegger lo presenta como un vínculo de cuatro instancias que se conoce como el Geviert, esto es, la cuadratura.

La “cuadratura” es un concepto que, por su oscuridad, no es de extrañarse que haya sido dejado para publicarse luego de la muerte. En el Geviert “encuadra” el Evento, en el sentido de que lo enmarca y también de que le permite ser experimentado como un sentido. El rol del marco en un cuadro es uno de los motivos del ensayo El origen de la obra de arte, y alude al cuadro como un acontecimiento que allí se denomina su “verdad”, pero también su esencia, esto es, la definición de lo que el cuadro es en tanto le dice algo al hombre. En general, la cuadratura aparece como configuradora de un espacio dentro del cual tiene sentido el evento. Heidegger expresa esto con un gráfico. Coloca el evento en el medio de un esquema del cual salen unas flechas. El Geviert, cuya figura es el Evento, es un cuadrado formado por cuatro esquinas, dos de ellas representan una forma peculiar de espacio, y otras dos un cierto tipo de agente. Está implícito que los agentes actúan en los espacios o que los espacios son actuados por los agentes. Son hombres y dioses, mundo y Tierra. Ya que nos interesa la fundación y el tema del comienzo, del cuándo, cómo y quién, y sabemos que es posible el pensar de la fundación sin un comienzo, nos interesa subrayar aquí a los agentes, pues los agentes son propiamente los que fundan y hemos visto en de Maistre, pero luego en Varrón y Cicerón, cómo esta temática de la ausencia de comienzo nos remite a preguntar por el principio sin fondo que funda las instituciones sin comienzo.

En la manera expositiva de Heidegger está implícito que todas las instancias del cuadrado se coimplican e interactúan, pero es manifiesto que sólo algunos son agentes. Los hombres son agentes del mundo (Welt), y este mundo puede identificarse como la ciudad, en el sentido del lugar donde actúan propiamente los hombres. Esto nos sugiere que el lugar propio de acción de los dioses es la Tierra. El mundo es lo que es disponible para el hombre, en él, en la ciudad, se halla lo que el hombre hace y lo que a él le pertenece. La Tierra, por contraposición, es el espacio de lo indisponible, es decir, de todo aquello en que la agencia humana no está en su lugar. En la Tierra ocurren cosas que el hombre no hace, al menos no normalmente, como un terremoto. Pero puede atribuirse a la Tierra aquellas consecuencias de las acciones humanas que no pueden ser controladas por la ciudad y que es en la ciudad que tienen lugar. Cuando esto sucede en particular, pero también en ocasión de grandes calamidades terrestres, se hace un quiebre que es un cambio de constitución, y entonces el hombre tiene la experiencia de la fundación. Supongamos que existe una sociedad basada en la idea de que el mercado es la condición metafísica de la existencia humana, que éste se regula solo –esto es, con el concierto de las voluntades humanas que intercambian preferencias- y que la libertad del hombre, en ese supuesto, tiene derecho a todo virtualmente Un buen ejemplo de una intervención terrestre sería una crisis económica impredecible e inmanejable, que obligara a los hombres a hacer cosas en la ciudad que no desean y que nunca se les habrían ocurrido de no mediar esta intervención. Pensemos en otro ejemplo.
Caetera desiderantur...
Publicado por Víctor Samuel Rivera en 9:30 0 comentarios
Etiquetas: Geviert, Martin Heidegger, Víctor Samuel Rivera
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