Un día de 1808, por un extraño malentendido,
Lima saltó en júbilo. La Ciudad de los Reyes salió entera a festejar la gloria
de Fernando VII. Españoles, negros y castas, nobles, sotanas y gente de toda
condición saltaba de júbilo. El periódico Minerva
Peruana había hecho saber a sus suscriptores, y era leído en voz alta en
los siete cafés de la ciudad, las fondas y otros espacios públicos, que Carlos
IV había abdicado y que Napoleón había puesto en la cárcel al más odioso
personaje de la Monarquía, el abominable ministro Manuel Godoy. El júbilo era
mayor al saber que los franceses, lejos de extender su revolución satánica a territorio
español, ofrecían en cambio todo su apoyo militar al nuevo Rey, por gracia de
Dios, Don Fernando VII. El trono y el altar estaban asegurados, y lo que se
había llamado en Lima antes “la Bestia monstruosa de San Juan” iba a quedarse
detrás de los Pirineos. Todo era algarabía, toros, trajes y coches de la
nobleza. En medio del griterío de vivas al Rey desde calles y balcones estaba
Gaspar Rico y Angulo, en ese momento un próspero comerciante.
Rico era un personaje extraño. Nacido en la
Rioja, había desembarcado en el Callao en 1794, para avecindarse en Lima y
poner un comercio. Al llegar no lo sospechaba, pero iba a llegar a ser una de
las figuras más relevantes –la más relevante- del periodismo peruano durante el
Antiguo Régimen. Iba a ser un publicista audaz, de gran estilo, astuto y
personaje decisivo para quien desee entender el proceso histórico que condujo a
la caída del régimen español en el Perú. La historiografía peruana no le
concede mucho mérito, no es considerado prócer de la patria, y no hay calle con
su nombre ni escultura ni monumento alguno que lo honre, como sucede con toda
sociedad cuyo fundamento metafísico es el repudio por el pasado como es el
caso, en general, en todas las repúblicas.
En medio de un cierto caos de información
política, que en otras regiones de la España de esta parte del Atlántico había
dado lugar a Juntas, algunas de ellas de carácter francamente revolucionario,
en 1810 la Corte del Reino resolvió auspiciar la impresión de la Gaceta del Gobierno de Lima, inspirada
en alguna medida como orientadora de la opinión, posiblemente idea del sabio y
asesor virreinal Hipólito Unanue. Rico, interesado en intervenir con su pluma
en los asuntos públicos, solicitó se le encargara la redacción del periódico al
Virrey, que lo rechazó, posiblemente porque Rico en ese momento no era más que
un comerciante que carecía de antecedentes en el mundo editorial. Pero resultó
que las Cortes, ese mismo año, decretaron la libertad de imprenta en toda
España, lo que se supo en el Perú al año siguiente. Rico, resentido con el
Virrey, resolvió combatir la política de Abascal en su Gaceta fundando un periódico propio, que suscribió las ideas
liberales que primaban en las Cortes, que para entonces se asentaron en la ciudad
de Cádiz. El periódico se iba a titular El
Peruano, y duraría entre 1811 y el año siguiente, en que sería cerrado por
las autoridades por propalar “principios revolucionarios y tumultuosos”; a Rico
este episodio le significaría el destierro hasta 1816. Hubo motivo para ello,
pues este periódico, fiel al resentimiento de Rico, que iba a ser su redactor,
se dedicó a propalar las ideas nuevas de las Cortes, que rápidamente, desde su
tercer número, adoptaron el tono radical de ser la continuación de los principios
de la Revolución Francesa. El periódico tuvo, mientras circuló, fama
internacional, y su lectura alcanzó a ser exitosa en Buenos Aires, entonces
baluarte revolucionario en América.
Es necesario aquí hacer un alto social. De
hecho, en 1812 se produjo uno de los escasos levantamientos del Reino en ese
periodo que, de acuerdo a los testimonios de época, que son algo confusos,
sindicaban claramente a estos artículos sobre la igualdad de El Peruano como sus inspiradores. Esto
no es del todo seguro, pues hay factores discordantes y testimonios
contradictorios. La rebelión se produjo en los partidos de Huánuco, Panatahuas
y Huamanlíes, y estuvo a cargo de la masa campesina indígena. A inicios del
siglo XIX era mucho menos frecuente que ahora hablar castellano entre los
indios, y menos probable aún, que éstos pudieran leer, o siquiera comprar un
ejemplar de El Peruano. Además, hay
testimonios de que los indios insurrectos venías de recibir propaganda oral e
iconografía de gente blanca de procedencia desconocida que divulgaba entre los
caseríos aislados de la Sierra la extraña idea de que estaba por llegar un
Inca, a falta de Rey, que se llamaba Juan José Castelli. En todo caso, si El Peruano se leía, no con poca
satisfacción, en la subversiva Buenos Aires, también debía leerlo alguna gente
en la Intendencia de Tarma, donde se produjo el levantamiento.
Los colaboradores insospechados de El Peruano fueron implacables contra la
Revolución –la francesa y la española- cuyos principios fueron acusados de
satanismo, de ser obra del “diablo” y del “Anticristo”, de hacer causa común
con el aceleramiento de la anarquía social o, en el peor de los casos, con el
fin del mundo. Es de lamentarse que Gaspar Rico hubiera tenido que defenderse
de colusión con las huestes del Infierno, que tenían fama muy ganada de
espantosos en una Lima cuajada de monjas y procesiones suntuosas y semanales.
Pronto las autoridades, que seguramente estaban más del lado del público que
del solitario escritor, exigieron la identidad verdadera del firmante de los
textos revolucionarios y Guillermo del Río, a quien no le quedaba de otra, pues
de otro modo podía ser penado él mismo, denunció a Rico por su nombre como el
autor de los libelos. Abascal debe haberse quedado atónito al reconocer que el
fallido redactor de la Gaceta, a
quien había él mismo rechazado como inexperto, fuese esa pluma tan notable y
capaz de hacer cosas terribles en un Reino preferentemente pacífico como era
entonces el del Perú. Es tradición sindicar a los frailes de la Santa
Inquisición de haber denunciado a Rico finalmente ante la Junta de Censura, un
procedimiento que estaba previsto en el decreto de libertad de imprenta, pero
la verdad es que, luego de la insurrección en la Intendencia de Tarma, que
estalló en el verano de 1812, el periódico se fue haciendo insoportable para el
gobierno del Virrey. Aunque la Junta de Censura fue bastante benévola, Abascal
embarcó a Rico a España, de donde no volvería sino hasta el fin de su mandato.
Gaspar Rico, luego de su destierro por
Abascal, su enemigo, regresó al Perú en 1816, cuando el ciclo revolucionario en
Europa había terminado y las autoridades legítimas habían, finalmente,
recuperado sus tronos. Esta vez era Abascal quien se regresaba a España. Y
Rico, entonces famoso por su intervención en la prensa, no volvió más a
dedicarse al comercio que lo había traído a Lima en 1794. Apenas llegar, fundó
el periódico fidelista El Investigador,
que iba a circular hasta 1817, y del que, por desgracia, no se conserva
ejemplar alguno. Luego de ese ensayo editorial se hizo más que famoso por una
obra que era la antípoda de El Peruano; en ella abominaba de la revolución
primero, y de la república después, por un periódico en el que, libre de sus
enconos con el gobierno, saldría el pensamiento definitivo del autor. Este
periódico iba a llamarse El Depositario.
El Depositario fue impreso en Lima
desde 1821 expresamente para apoyar la causa de la Monarquía católica, y su
redactor único, Gaspar Rico, acompañaría en persona al último Virrey del Perú
en los diversos lugares en los que éste instaló la Corte del Reino durante la
guerra civil. Publicó en el Cuzco, por tanto, última capital que fuera de la
monarquía peruana.








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