jueves, 19 de enero de 2017

La Internacional blanca/ Donald Trump en la guerra civil universal







Donald Trump en la guerra civil universal

Dedicado a  Marcelo, Mauricio y Mauricio

Víctor Samuel Rivera
Sociedad Peruana de Filosofía


El 21 de enero seré el inicio de la administración Trump en los Estados Unidos. Como en la historia humana nada es coincidencia, en Francia se va a conmemorar el sacrificio en la guillotina del Rey Luis XVI. Ambos acontecimientos se sitúan en una estela de sentido y marcan, por su fecha idéntica, un arco de significado; vamos a intentar comunicar al público que por aquí pasa una hermenéutica de la actualidad: haremos un diagnóstico y una prognosis de lo que el límite presente de ese arco significa. Todo diagnóstico del mundo social establece algunos parámetros como signa tempora: acontecimientos que parecen realizar un sentido, del cual (en nuestras emociones y expectativas) encontramos ser sus portadores. Todos los diagnósticos presuponen un margen de incertidumbre que intentamos ser también agentes, aunque sea –como es el caso- agentes del pensar. Mientras tanto, quede sentado que este año 2017 son elecciones en Francia. Es completamente seguro que el Frente Nacional, hoy el partido político más grande y organizado de ese país, llegará a la segunda vuelta, disputando con el Partido Republicano cuyo líder –por algo que el lector verá mejor después- es tipificado como un conservador religioso. Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, y uno de los personajes más extraordinarios del movimiento social europeo antiliberal, estuvo esta semana en la Torre Trump de Nueva York. Obviamente, coordinando algo con Donald Trump. Pero dejemos los signa tempora que hablan de Trump y Le Pen un instante y vayamos por otro frente, el Frente internacional.

Muy pocos intelectuales -y sin duda nunca los analistas políticamente correctos- diagnostican considerando a los agentes sociales marginales incorrectos visibles; no lo hacen sino cuando están a la puerta de ser electos y realizan un acto de fuerza cuyas consecuencias son inevitables. Se trata de un error metodológico de estos señores; ellos quieren evitar ampliar lo que llaman la “visibilidad” de lo que esos agentes representan, quizá con la oscura intención de opacar o impedir su éxito; del mismo modo, impulsan y exageran de manera patética lo que les conviene para conservar su mundo, como ha sido el caso con la candidatura demócrata americana en 2016, por la que lloran hasta hoy. Pero la realidad tiene una cierta astucia, que es notoriamente más inteligente que los pobres analistas y expertos; mientras éstos se ciegan a sí mismos en las falsedades y las idioteces que desean hacerle creer a los demás, la realidad social se hace ver por sí sola: lo hace por medios incorrectos, desde las redes sociales, los memes y el Facebook hasta la violencia espontánea, como ocurre hoy mismo en el Perú, cuando los medios se alían con los empresarios para ocultar (“hacer invisible”) una corrupción de la que el hombre común no es ignorante. Como respuesta a las políticas de promoción de la sexualidad y de encubrimiento de la corrupción (que alguien que ha pretendido ocupar la silla más alta de mi nación se hace el loco simulando su responsabilidad en ella), el pueblo sale a las calles o pone fuego los hitos que los corruptos usan hasta hoy para enriquecerse con su pobreza. Los agentes invisibilizados por la prensa y los analistas un buen día se hacen visibles solos, sin que medie lógica alguna.

Lo políticamente correcto y lo visible constituyen un solo ámbito; aunque ya no se usa más la expresión “pensamiento único”, está presupuesto en la identidad entre lo visible y lo correcto que hay un precio para hacerse visible en el mundo histórico y social: es adherirse a lo que podríamos llamar la constitución del mundo visible, cuya esencia es el liberalismo. Ese liberalismo es lo que ha llegado a ser lo referido por la expresión “pensamiento único” de los últimos años. Los agentes incorrectos juegan en este ámbito el rol de amenazas; solo sobresalen y se diagnostica sobre ellos en calidad de amenazas. Todo lo que sobresale y, en cambio, no es amenaza, se integra en esta constitución liberal, y rápidamente los analistas y los expertos lo aprueban y promocionan. Por motivos que sería largo e infructuoso detallar aquí, en el lapso de los últimos tres lustros, la liberalidad de lo así llamado liberal se relaciona con dos aspectos: la promoción del placer, notoriamente el sexual, y el aligeramiento de las identidades, la banalización de los compromisos ancestrales y las expectativas de largo plazo. Si se actúa con esfuerzo para promover una agenda social, algo que es asombroso ver hacerse en la izquierda burguesa global, de seguro contará con el apoyo de los medios, la complicidad de organismos no gubernamentales y, con todos ellos, el de los grupos empresariales millonarios que, tras la sombra, financian a esta izquierda burguesa y a los medios.

El mundo liberal, políticamente correcto, por alguna razón que el lector deberá pensar más por su cuenta, promueve el empobrecimiento de los factores de la acción social humana, reduciéndolos a la promoción del placer individual. Una constitución integra ese mundo, a la misma vez el mundo de los ricos y el mundo de los agentes de cambio social (sexual); la izquierda, la gente “crítica” en ese mundo actúa patrocinada por varios de los hombres más ricos de la Tierra.

Buena parte de la realidad social constituye un horizonte propio, paralelo al de lo incorrecto; a un lado y con medios propios, distintos de los que usa el mundo de lo visible y del dinero. Un meme ridiculizando a un actor de Hollywood que llora por la trágica candidata de Wall Street puede ser muy poderoso contra la actriz misma y contra la des/acontecida candidata demócrata. Otro meme destinado a poner en su lugar al activismo sexual cuyo origen tiene en gran parte la cuenta de Georges Soros puede ser más poderoso en el largo plazo que los millones de dólares invertidos por este en campañas en sentido contrario; es decir: los millones del dinero correcto, por razones que los expertos y los analistas no son capaces de comprender –y desaprueban largamente como amenazas-, son menos eficaces en la práctica que la acción espontánea de agentes que actúan gratis, desinteresadamente, de agentes que no ganan nada. Es este el caso de los agentes incorrectos visibles citados aquí, Le Pen y Trump, con la gente desempleada y margina que vota por ellos; es el caso también de los invisibles, esos que hacen memes burlándose de lo políticamente correcto, haciendo justamente lo que la CNN predica como el mal. Buena parte de la campaña liberal universal contra ellos consiste en acusarlos de ser interesados en algún sentido, de hacer los memes o competir contra Wall Street por dinero; hace sentido acusarlos de autoritarios, fascistas o insensibles (con los mejicanos ilegales o los migrantes negros del Mediterráneo), pues es notorio que se trata de agentes antiliberales; la “narrativa” de que estos agentes son interesados de modo económico, sin embargo, es posiblemente la única que no funciona. Nadie podría creérsela, y eso porque el interesado esencial es justamente el político, el empresario o el experto “políticamente correcto”: ése es el que juega su riqueza o su sueldo en el mundo y no sus enemigos que, al contrario, lo ponen en riesgo.







Pues bien. Del mismo modo que todos sabemos que Donald Trump es un político favorable a los rusos, y que eso no es por un interés personal, económico o dinástico, sino por otras razones, y que es favorable a Le Pen, y que es favorable al Brexit (y, por increíble que parezca, a la disolución o al menos a la desactivación de la OTAN y la Unión Europea), también Trump tiene la representación de los intereses de los sectores religiosos de las sociedades occidentales, algo que es muy significativo bajo la constitución liberal, que es ampliamente hostil con las religiones; esto último, la hostilidad del liberalismo contra la religión, en fenómeno reciente, podría explicar por qué ahora y no jamás antes, ha existido integrismo terrorista islámico a escala mundial. No puede negarse que, aparte de lo mentado, hay una atmósfera de adhesión de los nuevos movimientos nacionalistas, incluso de un extraño nacionalismo norteamericano, así como de pertenencia racial blanca (pero que, por la veta nacionalista, admite adhesión de diversidad de razas y naciones). Lo mismo cabe con la muy comentada Alt-right; la Alt-right es un movimiento neoconservador que funciona entre las élites globales de los así llamados Millenials. Y se debe decir: también los intereses del movimiento monárquico, que funciona de manera integral en el conjunto del planeta, aunque de modo más enfático en Europa.

Esto último, lo del movimiento monárquico, de tan curioso y raro como es, merece especial atención. Antes de desarrollarlo, quede constancia de que los mínimas organizaciones que se consideran a sí mismas fascistas o nacional-socialistas o antisemitas y que circulan en las redes, suelen ser muy desfavorables hacia Trump; Trump es acusado en esos medios de sionista. Se hallan por lo mismo fuera de este diagnóstico.

Como una reflexión insertada aquí, debe subrayarse que una de las víctimas preferidas de la invisibilidad que opera el inmenso poder bajo cuyo auspicio trabajan mintiendo los expertos y los analistas es el movimiento monárquico planetario, que opera desde Rusia hasta el África negra. Quizá sería más preciso decir que el ámbito de la constitución liberal, respecto de estos agentes sociales visibles, simula, exagera o tuerce su visibilidad en interpretaciones simplistas e inviables de acontecimientos auténticos, haciendo de cuenta que es lo que no es, y que lo que no es, es. La premisa de esta conducta es que todo en el mundo del conocimiento social es pura interpretación y nada más que interpretación, y que sus consumidores ellos mismos identifican los cuentos de viejas como diagnósticos de expertos dada su “corrección política”.

El Príncipe Leka II de Albania, recientemente casado y a cuyo matrimonio asistieron varias de las casas reales importantes depuestas en el siglo XX, ha sido invitado a la ceremonia de investidura de Trump. Trump, quien no ha recibido felicitación de parte de ninguna de las monarquías “correctas” de Europa, lo ha sido en cambio de las “incorrectas”, como los príncipes electores del Santo Imperio Romano, de las casas reales de Francia, Rusia, Mónaco y Bulgaria, entre otras que me abstengo de citar con holgura pues todo aquí es de memoria y no quisiera consignar un dato falso para la posteridad. Sepa el lector que el Rey de Serbia, quizá uno de los más cercanos a su reposición en el trono en Europa, fue en persona a la Torre Trump a felicitar al candidato triunfador de las elecciones americanas acompañado de la familia real serbia, del mismo modo en que lo hizo Leka II en otra fecha. Luis XX de Francia y su esposa, la reina, fueron también invitados con el pretexto de que representan a alguna diminuta e insignificante asociación civil que opera en la ciudad de Cincinatti, aunque todos sabemos que se trata del heredero legítimo del trono de Francia, y que el día 21 deberá estar en las ceremonias por el regicidio de su ancestro en París. Es notorio que, para una historia simbólica, Luis XX es invitado en nombre de Luis XVI y lo representa. Por supuesto François Hollande, el tirano actual de París, no ha recibido invitación que se conozca.

Los rusos, Le Pen, el Brexit, los monarcas, los religiosos y Trump son todos parte de un solo frente; se trata del frente incorrecto, largamente una compleja solidaridad transnacional: Es el Frente internacional antiliberal que, en honor de los monarcas invisibles, habremos de llamar la Internacional Blanca.

La Internacional blanca no es solo un frente político, que como tal carece de programa, no conoce ideología y es complicado decir que se trata de un frente de “derechas”; la derecha formal, la de los partidos de “derechas” como el Partido Republicano de Francia, o el Partido Popular español, es una derecha políticamente correcta; los reyes y los Papas de ese mundo son también políticamente correctos; esto se observa porque recomiendan y aplauden, todos, la agenda revolucionaria de la constitución liberal del mundo visible, promoviendo, pues, el placer individual por encima de todo compromiso moral o de pertenencia. No debe confundirse nunca esta internacional blanca con los partidos de derecha, que son lo mismo que los de izquierda, sirven y son mantenidos generalmente por los mismos millonarios altruistas, estilo George Soros. Si Georges Soros no mantiene con su dinero un grupo que se reconoce a sí mismo como “de derechas”, puede decirse con certeza que ese grupo es parte de la Internacional blanca; el grupo mismo no tiene que saberlo, aunque intuye y actúa como parte de una concentración mayor de la que no dispone, pero de la que se deja disponer. Siendo un frente político, lo es también y de modo anterior, un movimiento histórico, de fuerzas que se concentran como incorrectas desde diversos sentidos y perfiles. ¿Qué los une? Los une una reacción general contra las consecuencias que el liberalismo ha tenido al imponer su constitución en el mundo, de lo políticamente correcto del “pensamiento único”. Es la fuerza de lo políticamente correcto lo que sirve de argamasa para unir a todos los agentes en una especie de gran guerra civil global.

Si tomamos la Internacional blanca como un frente antiliberal, que se define cono un movimiento social e histórico contra las consecuencias de la constitución liberal en el mundo, no es ni puede ser pensado como “derecha”. Es notorio, y el lector interesado en los asuntos de la historia social presente lo sabe, que existe también un antiliberalismo de izquierda. En la práctica, hay movimientos antiliberales que se autodefinen como izquierdistas y se los reconoce especialmente por su renuencia a las agendas de promoción del placer individual. Es el caso de la Venezuela chavista y Cuba, por ejemplo: son los únicos Estados del así llamado “socialismo del siglo XXI” que no han reconocido políticas de orientación sexual en sus gobiernos, por lo que devienen así parte de la Internacional blanca, del lado de los grupos religiosos y –a su pesar- de la Alt-rigt misma inclusive; también es el caso de los regímenes africanos de izquierda, que siguen la misma línea que sus pares americanos: no solo se resisten a la promoción de la sexualidad sino que, por ejemplo, en lugar de hostilizar a la religión, en estos últimos años la han protegido legalmente o han abrazado una constitución religiosa. Son “incorrectos” políticamente, y tienen sobre ellos la presión del mundo visible, que diagnostica su desastre real o imaginario y pronostica diariamente su desenlace final.

No debe ser sorprendente que, en la compleja constelación de las significaciones sociales, los regímenes de izquierda incorrecta se hallen muy prestos a tomar acuerdos con los rusos, o a confederarse con ellos de una u otra manera; así como los rusos fomentan y subvencionan a los nacionalismos europeos, y tienen trato amable con ellos (con Marine Le Pen y el Frente Nacional, por ejemplo), son aliados a la misma vez de Cuba y Venezuela en América Latina, así como de los Estados izquierdistas del África negra.

Si se define la Internacional blanca, en tanto un movimiento histórico y social contra las consecuencias diversas de la constitución liberal del mundo, esta no conoce la distinción entre izquierda y derecha, y es lo suficientemente permeable en la práctica para acciones de extensión inesperada, que los gestores del mundo correcto solo son capaces de negar, y no de comprender. Las alianzas o la expansión, los límites de esta Internacional, son inciertos y abarcan, de manera que no conoce consulta ni opinión, al conjunto de todos los actores afectados por el liberalismo, al que cada vez con más evidencia se muestra a los hombres como un extraño contubernio entre los multimillonarios capitalistas (las empresas brasileñas corruptas, por ejemplo), los medios de prensa y los izquierdistas correctos. Allí donde hay incorrección, se halla la Internacional blanca para ampararla: son su extensión ontológica; allí donde hay en cambio corrección, incluso de manera involuntaria, allí se aloja su enemigo: el liberalismo.

La elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos representa un fenómeno históricamente extraordinario, que debe ser comparado en la dimensión de su significado y las expectativas que representa para el hombre a la Caída del muro de Berlín o a la Toma de la Bastilla, y se presenta como un límite para la comprensión humana. Marca un después en el mundo histórico. Los Estados Unidos, hasta el 20 de este mes de enero de 2017, han sido el nicho simbólico de un orden mundial único y opresivo, del que era imposible salir, por la razón o la fuerza; un orden cuya esencia maligna se adivina en la variedad y complejidad de la alianza que lo ha enfrentado y lo enfrenta. En el mundo más visible que los expertos y analistas permiten ver, constituía el eje central de un mundo entregado a la revolución en los modos del placer, sin mayor horizonte de destino que una sexualidad igualitaria y sin compromisos. En la vida real, más allá de lo que se ve de la constitución liberal del mundo, ha significado el intervalo de un régimen de terror político de pretensiones universales; este ha vuelto la existencia humana algo más inestable, más incierto y más espantoso de cuanto haya conocido antes jamás el hombre, razón por la cual ha convocado un mundo en su contra, en un reinado de apenas tres o cuatro lustros.


Inesperadamente, el Partido Republicano de Estados Unidos hace un extraño guiño al Rey de Francia que padeció decapitado. Invita a su sucesor, junto con una familia real que simboliza las casas de Europa Oriental, Oriente y Occidente, a la investidura de Trump, el Presidente de los invisibles de la Tierra; el Presidente de los oprimidos, de los pobres, de los desamparados. Asiste la mirada al surgimiento de un mundo nuevo que, a pesar y en contra del orden correcto, han generado actores invisibles, algunos de ellos humanos; ese mundo se entrega ahora hacia un sentido y un destino, a la vez antiguo y nuevo como la flama, cuyo acaecer solo conoceremos si tenemos paciencia y ojos para la remisión de la verdad.

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